martes, 20 de octubre de 2009

YO PERTENECÍ A LA CLASE DEL 63

Voy a aprovechar la presencia en la televisión de una serie que ha hecho furor entre las personas de todas las edades. La serie se titula: La clase del 63 y está basada en cómo era la escuela, en este caso un colegio que impartía el bachillerato, no cómo se concibe actualmente sino como era en aquella época. Voy a explicar el sistema educativo de entonces para aquellas personas que, por su edad, no lo conocen o sólo lo saben de oídas. Se estudiaba en las escuelas hasta los 10 años, para aquellos alumnos que iban a ir a un Instituto o a un colegio acreditado para ello, a estudiar el bachiller, o hasta los 14 para aquellos que se quedaban en la escuela; aunque si querían dejaban los estudios y se iban, la inmensa mayoría de aprendices a cualquier taller, a aprender un oficio; eso sí, se enseñaba el oficio pero no se daba jornal alguno al aprendiz, salvo generosidad del patrón.
Bien, decía que aquellos que querían estudiar el bachillerato, primero tenían que hacer un examen de ingreso, en el que no se permitía tener más de tres faltas gramaticales, incluidos los acentos; se hacía un dictado tremendo, un examen de matemáticas, que hoy no superaría un alumno de 2º de secundaria, con toda probabilidad. Se entraba en el bachiller, dónde el que no aprobaba todas las asignaturas entre junio y septiembre, no podía seguir estudiando (marchaba al mercado de trabajo: aprendiz). Durante cuatro años se estudiaba muy duro, desde Geografía de España y Universal, (voy a poner un simple ejemplo: en geografía de España se estudiaba en primero las comarcas de España con lo que producían cada una de ellas, todos los ríos, afluentes, cabos, golfos, montañas, etc.), hasta Latín, italiano, Matemáticas, Físca , Química, Francés, etc. En definitiva era una enseñanza muy completa, memorística, y, sobre todo, con esfuerzo. Cuando llegabas a cuarto, tenías que aprobar todo y entonces te presentabas a un examen de reválida, tremendamente difícil, dónde ponían a prueba los conocimientos adquiridos en los cuatro años primeros de estudio. Si aprobabas pasabas al bachiller superior, de letras o ciencias; a partir de aquí, el sistema era eliminatorio: había que aprobar todo durante 5º y 6º de bachiller, con su reválida superior, el Preuniversitario, el examen especial en la universidad a la que pertenecías y el primer curso de la carrera. Todos los cursos eran selectivos. Si perdías uno de ellos todo se iba al garete. Debías marchar al mercado de trabajo.
Cómo ven nuestros lectores, las cosas eran realmente complicadas para los estudiantes. Prevalecía la cultura del esfuerzo, las ganas de aprender, el tener una carrera era tremendamente difícil y cuando terminabas, realmente sabías de qué iba la cosa.
En este contexto, a los profesores se les trataba con todo respeto, educación y si quieren, con un poco de miedo. Tenían, cómo se suele decir ahora y antes, “la sartén por el mango”. Su palabra era ley y su enseñanza el no va más. Todo lo que decían era estudiado y absorbido por los estudiantes como agua una esponja. No había tiempo para tonterías ni estupideces. Cuántas ferias de Jaén no me he perdido yo en el mes de junio porque eran los exámenes finales y no podía fallar si quería tener mi beca de estudio. Eso sí, la beca se concedía a aquellos estudiantes que tenían nota superior o igual a ocho. Podía estudiar todo el mundo, yo era el quinto de nueve




hermanos, así que aquello que se dice de que los pobres no podían estudiar es totalmente mentira. No lo que no podían hacer los pobres, ni los ricos, era dormirse en el estudio.
Pues en este contexto está situada la acción del reality que nos ofrece antena3. En el año 63 yo tenía 16 años, estudiaba 6º de bachiller y era un alumno becario (repito: se necesitaba una media de ocho para seguir los estudios. Los ochos no se regalaban, lo aseguro). Me identifico con muchas de las cosas que se dicen y se hacen en este reality; es más, creo que falta una cosa fundamental: los castigos, aún siendo duros, no tienen el componente físico que tenían entonces; o sea, si el profesor tenía que darte un bofetón te lo daba y a callar; no importaba la edad del alumno. Así que estos alumnos del reality que no se quejen pues aún salen ganando ahora.
Quizá la forma de educar ha cambiado tanto que ahora resulta imposible el hacerlo. Los españoles somos como los péndulos: pasamos de un extremo al otro. Ahora resulta totalmente impoosible educar como antes. ¿Razones? Tantas como personas hay en el universo mundo en el que estamos. En España es realmente complicado y difícil el hacerlo. Siempre se ha dicho que todo derecho tiene aparejado un deber. En el caso de los alumnos esto no es cierto. Cada deber tiene aparejados veinte derechos y cuando esto sucede, el alumno se cree el amo del mundo, en este caso, la clase. Si a esto le añadimos que los padres, en su gran mayoría, piensan que “sus niños” son modélicos, que estudian un montón y que la culpa la tiene el profesor que le tiene “manía” a su niño, tenemos los condimentos necesarios para que enseñanza fracase.
El profesor debe tener la autoridad en la clase, en todos los momentos. Durante 38 años he sido profesor y muy pocas veces mis alumnos se han permitido conmigo la licencia de llamarme “tío”, ni “colega”, ni nada por el estilo. Ellos sabían cómo tenían que llamarme (aún lo hacen cuando me ven por la calle) y yo no les dije nunca cómo tenían que hacerlo. Eso sí, yo nunca les dí pie para que las clases fueran un coladero de juegos o cosas raras. Cuando entraba en clase me callaba hasta que ellos lo hacían; al principio del curso tardaba más, al final no era necesario hacerlo. Cuando había que jugar se jugaba; ellos sabían en cada momento cuando podían hacerlo. Si era necesario gritarles, les gritaba. Tengo y he tenido una voz magnífica. Nunca se me han quejado por ello, ni los padres ni los alumnos.
En definitiva, a los alumnos hay que darles confianza, pero pasado un tiempo; cuando el profesor vea que los alumnos lo merecen. Hay que saber soltar la mano y la rienda para que no se desboquen en clase. Si el profesor lo hace el primer día, por hacerse el “gracioso” o el “colega” de sus alumnos, estos no le respetarán nunca y sus clases serán un verdadero infierno. Si quieres respeto, cuando se ponga un correctivo, antiguamente castigo, si lo crees justo, no lo levantes nunca pues el alumno se dará cuenta y ya no podrás ponerle ninguno más; pero si es injusto y hay que levantarlo, se hace, pues los alumnos tienen un sentido de la justicia muy elevado. Nunca un castigo, salvo casos excepcionales, debe ser colectivo, que impliquen a toda la clase. Hay que buscar al culpable y hacerle ver que el colectivo está por encima de él. El profesor debe ser tratado con todo respeto, es la autoridad máxima en la clase, dentro de la clase todo lo que sucede es competencia suya, por eso su autoridad nunca debe ser cuestionada, por nada ni por nadie. Siempre traté a mis alumnos de “ustedes”, mi forma de hablarle y dirigirme a ellos era: señores, pónganse a trabajar. No importaba la edad, del más pequeño al más grande. El maestro debe ser ante todo, eso: maestro; después será el
amigo, el compañero de viajes de estudios, el bailarín en la discoteca del viaje, el que les explique las cosas, en definitiva, será su amigo, pero cuando el alumno haya comprendido que quién tiene delante merece respeto; el mismo que el maestro le da a él. Un alumno no puede pretender ser tratado de usted y él tratar al profesor de “tío” o “colega”, el tratamiento ha de ser respetuoso. En estas condiciones las clases funcionarán, el estudio tendrá recompensa a través del esfuerzo y las clases se desarrollarán con total normalidad.
En definitiva y, para terminar, yo estuve, como muchos de nuestros lectores de bailendigital en una clase del 63; nos sentimos identificados con algunas de las cosas que se dicen y hacen en el reality, aunque faltan otras muchas. Alumnos y profesores tomar nota de la serie, a todos os servirá lo que en ella se dice o hace, en mayor o menor medida.
Nota muy importante:
Que yo sepa y recuerde, ningún alumno de las clases del 63 tenemos ningún trauma por los castigos o bofetones que nos dieron en su momento, bien nuestros padres o bien los profesores. Aprendimos que la letra con sangre “no” entra, pero también aprendimos que para aprender es necesario esfuerzo, dedicación, disciplina y, sobre todo, respeto.

Cándido T. Lorite García