omprado un ramo de flores, ni le he escrito una poesía; sólo le digo cada día que la quiero; la mimo, la cuido como oro en paño, porque es lo más bonito que tengo. No tiene por que ser S. Valentín; para mí y para ella todos los días del año son día de los enamorados.Esta es la carta y estas nuestras fotos, para que quede constancia de lo bonita que es mi mujer.
DE CÓMO ME CAMBIÓ LA VIDA
Siempre pensé cuando era pequeño y también de mayor, que la felicidad completa era difícil de conseguir. Y lo sigo pensando, aunque cada vez me acerco más a ella. Conocí a mi segunda mujer, aunque la considero la primera y única, de la manera más sencilla que hay. Estaba en mi piso, bueno alquilado, cuando en la calle sucedió un hecho. Era verano, hacía mucho calor y yo estaba sentado en la terraza leyendo un buen libro, cuando me percaté de que en la calle sucedía algo extraño; un hombre se encontraba desmayado, o casi, debido al calor que sufría en ese momento. Sin pensarlo dos veces, bajé a la calle y con un pañuelo mojado y algo de hielo, conseguí que el inicio del golpe de calor no pasara a mayores. La persona que le cuidaba en esos momentos, ni me fijé en ella. Me dio las gracias y me subí al piso a seguir leyendo.
Pasó un tiempo y, aprovechando la fiesta del balonmano, me presentaron a dos chicas. Salí con ellas, les insistí en llevarlas a la cena aunque no quisieron y me fui con ellas a dar un paseo, tomar unas cervezas y charlar un poco. Al día siguiente quedamos a tomar café. Una de ellas, sin yo saberlo ni acordarme, era la mujer a la que ayudé con el señor enfermo en el verano. Habían pasado casi dos años. Yo no me acordaba, pero ella sí., aunque no me dijo nada. Insistí en seguir con ellas, aunque yo con quien quería salir era con esa mujer que ya me había cautivado y había llamado mi atención. Ahora sí que quería algo. Ahora sí que sabía que había llegado el momento. Le insistí, le mandé mensajes, me hice “pesado”. Hasta que al final, un 21 de febrero me dijo que sí, que ella también me quería. Eran las tres de la madrugada; aún conservo el mensaje que le envié y el que ella me contestó. Aquella noche, cuando me dormí, supongo que tenía la cara más feliz del mundo. No me la veía, pero la presentía.
Al día siguiente me faltó tiempo para llamarla y decirle si no se había equivocado. Su contestación me despejó todas las dudas. Me dijo que me quería y ahora sí, la cara era distinta, pues mis compañeros, en el instituto, lo confirmaron; me vieron distinto. Dicen que hasta el carácter me cambió. Que era hasta más simpático, más agradable, menos gritón. En definitiva, cambiaba. El cambio se lo debía esa mujer. A mi mujer. A la mujer que me ha cambiado, que le ha dado la vuelta a mi vida como a un calcetín.
He aprendido de ella la sencillez, la calma, la dulzura. He aprendido a hacer mimos, ¡a mis años!. Increíble, pero cierto. Los que me conocen dicen que he cambiado, para mejor, claro. Y yo lo noto, lo siento. Ese amor que me da, que me transmite, que siento en todos y cada uno de los poros de mi piel, es el que me ha hecho mejor. Más hombre, más tranquilo, más dulce. Me casé con ella, después de tres años de convivencia y desde que lo hice no he conocido más que amor, amor y más amor. Desde que me levanto hasta que me acuesto. Soy feliz desde el momento en que la conocí, aunque yo no lo supiera en ese momento. Estaba escrito que estaríamos juntos.
¿Qué decir de ella que no haya dicho todavía? Me transmite esa sensación que muchos hombres queremos tener. La sensación de ser únicos, los primeros, los mejores. Los amantes y maridos perfectos, aunque no lo seamos. Por eso la cuido, la mimo, le doy todo el amor que soy capaz de dar y, aún así, me parece poco; quisiera que fuera más y mejor y más grande.
Presiento que voy a durar muchos años en esta vida. Los que me conocen ya lo saben. Además dando la lata para que la gente no se olvide de uno fácilmente. Pero todos los años que me queden por vivir, lo haré al lado de esta mujer que me ha cambiado la vida, que ha sacado lo mejor de mi, para que los demás lo vean. Ella, la mujer de mi vida, la que hizo cambiar toda mi vida; esa vida que no tenía rumbo cuando la conocí. Gracias mujer, gracias. Sólo decirte dos últimas palabras que resumen todo lo que siento por ti: TE QUIERO. Y otras dos más: MI VIDA.
Cándido T. Lorite