lunes, 14 de febrero de 2011

CARTA A MI MUJER

Hoy, día de S. Valentín, ese santo sacado de la manga por Pepín Fernández, el dueño de Galerías Preciados, allá por los años 50, subo a mi blog esta carta escrita a mi mujer. No le he comprado un ramo de flores, ni le he escrito una poesía; sólo le digo cada día que la quiero; la mimo, la cuido como oro en paño, porque es lo más bonito que tengo. No tiene por que ser S. Valentín; para mí y para ella todos los días del año son día de los enamorados.
Esta es la carta y estas nuestras fotos, para que quede constancia de lo bonita que es mi mujer.
DE CÓMO ME CAMBIÓ LA VIDA


Siempre pensé cuando era pequeño y también de mayor, que la felicidad completa era difícil de conseguir. Y lo sigo pensando, aunque cada vez me acerco más a ella. Conocí a mi segunda mujer, aunque la considero la primera y única, de la manera más sencilla que hay. Estaba en mi piso, bueno alquilado, cuando en la calle sucedió un hecho. Era verano, hacía mucho calor y yo estaba sentado en la terraza leyendo un buen libro, cuando me percaté de que en la calle sucedía algo extraño; un hombre se encontraba desmayado, o casi, debido al calor que sufría en ese momento. Sin pensarlo dos veces, bajé a la calle y con un pañuelo mojado y algo de hielo, conseguí que el inicio del golpe de calor no pasara a mayores. La persona que le cuidaba en esos momentos, ni me fijé en ella. Me dio las gracias y me subí al piso a seguir leyendo.
Pasó un tiempo y, aprovechando la fiesta del balonmano, me presentaron a dos chicas. Salí con ellas, les insistí en llevarlas a la cena aunque no quisieron y me fui con ellas a dar un paseo, tomar unas cervezas y charlar un poco. Al día siguiente quedamos a tomar café. Una de ellas, sin yo saberlo ni acordarme, era la mujer a la que ayudé con el señor enfermo en el verano. Habían pasado casi dos años. Yo no me acordaba, pero ella sí., aunque no me dijo nada. Insistí en seguir con ellas, aunque yo con quien quería salir era con esa mujer que ya me había cautivado y había llamado mi atención. Ahora sí que quería algo. Ahora sí que sabía que había llegado el momento. Le insistí, le mandé mensajes, me hice “pesado”. Hasta que al final, un 21 de febrero me dijo que sí, que ella también me quería. Eran las tres de la madrugada; aún conservo el mensaje que le envié y el que ella me contestó. Aquella noche, cuando me dormí, supongo que tenía la cara más feliz del mundo. No me la veía, pero la presentía.
Al día siguiente me faltó tiempo para llamarla y decirle si no se había equivocado. Su contestación me despejó todas las dudas. Me dijo que me quería y ahora sí, la cara era distinta, pues mis compañeros, en el instituto, lo confirmaron; me vieron distinto. Dicen que hasta el carácter me cambió. Que era hasta más simpático, más agradable, menos gritón. En definitiva, cambiaba. El cambio se lo debía esa mujer. A mi mujer. A la mujer que me ha cambiado, que le ha dado la vuelta a mi vida como a un calcetín.
He aprendido de ella la sencillez, la calma, la dulzura. He aprendido a hacer mimos, ¡a mis años!. Increíble, pero cierto. Los que me conocen dicen que he cambiado, para mejor, claro. Y yo lo noto, lo siento. Ese amor que me da, que me transmite, que siento en todos y cada uno de los poros de mi piel, es el que me ha hecho mejor. Más hombre, más tranquilo, más dulce. Me casé con ella, después de tres años de convivencia y desde que lo hice no he conocido más que amor, amor y más amor. Desde que me levanto hasta que me acuesto. Soy feliz desde el momento en que la conocí, aunque yo no lo supiera en ese momento. Estaba escrito que estaríamos juntos.
¿Qué decir de ella que no haya dicho todavía? Me transmite esa sensación que muchos hombres queremos tener. La sensación de ser únicos, los primeros, los mejores. Los amantes y maridos perfectos, aunque no lo seamos. Por eso la cuido, la mimo, le doy todo el amor que soy capaz de dar y, aún así, me parece poco; quisiera que fuera más y mejor y más grande.
Presiento que voy a durar muchos años en esta vida. Los que me conocen ya lo saben. Además dando la lata para que la gente no se olvide de uno fácilmente. Pero todos los años que me queden por vivir, lo haré al lado de esta mujer que me ha cambiado la vida, que ha sacado lo mejor de mi, para que los demás lo vean. Ella, la mujer de mi vida, la que hizo cambiar toda mi vida; esa vida que no tenía rumbo cuando la conocí. Gracias mujer, gracias. Sólo decirte dos últimas palabras que resumen todo lo que siento por ti: TE QUIERO. Y otras dos más: MI VIDA.

Cándido T. Lorite

viernes, 4 de febrero de 2011

PIEDRAS A NUESTRO TEJADO

Siempre se ha dicho aquello de:”Es de necios tirar piedras a nuestro tejado”. También lo de: “No escupir hacia arriba pues te caerá encima” y, muchos más de la misma catadura.
Viene a cuento la introducción para explicar lo mal que nos va en Bailén por culpa de los bailenenses. Mal, porque no hay trabajo, las empresas de ladrillos y cerámica están cerradas, los autónomos cierran sus puertas por la falta de clientes, debido a la falta de dinero. Mal, porque el poco dinero que tenemos nos lo gastamos en otras poblaciones. Y esto es culpa nuestra. Parece que nos gusta gastar fuera lo que hemos ganado dentro.
Efectivamente, nos quejamos de lo mal que estamos pero nos dedicamos a gastar el dinero en las poblaciones cercanas a las nuestras. ¿Acaso no hay en Bailén tiendas de toda clase para no tener que desplazarnos a otros sitios? Móviles; nos vamos a Linares a comprarlos cuando los mismos los tenemos en Bailén a los mismos precios y con las mismas condiciones de compra, etc. Zapatos; los mismos zapatos los encontramos en las tiendas de Bailén y no hay que ir a otro sitio, salvo casos aislados. La gente tiene que saber que los zapatos se compran, por parte de los dueños de zapaterías, en los mismos lugares y para toda España. El zapato que me compro en Jaén o en Linares me lo puedo comprar en Bailén. Textiles; la ropa es la misma, que yo sepa, en todos sitios; los pantalones vaqueros son los mismos, los trajes, igual; quizá en la ciudad de Jaén haya más variedad; pero el desplazamiento, al precio de la gasolina, aconseja comprárselo en Bailén.
Podría estar hablando de todos los artículos que existen en los mercados de una sociedad consumista como la nuestra. Todo lo que hay en un sitio se encuentra en cualquier lugar de cualquier ciudad. Es por esto que no entiendo que la gente de Bailén se desplace a otros lugares para comprarse las cosas que puede adquirir en su localidad.
Pero, .. siempre está el pero. Sucede que como la gente no compra en Bailén y los comercios de Bailén no abren los sábados por la tarde, cosa que aún no he llegado a comprender, pues debo ser corto de entendederas, los artículos en Bailén están más caros, más viejos y más obsoletos que en otros lugares. Ya se sabe que cuando no se vende los artículos se hacen viejos y se quedan colgados en los escaparates durante mucho tiempo, a la espera del comprador. Es la consecuencia lógica. Si no vendo lo que tengo, lo tengo que dejar hasta que lo compren; mala medida comercial. ¿Rebajas? Los artículos en rebajas deben ser los mismos de temporada, pero creo yo que aquí, en Bailén, salen a relucir los artículos de temporadas anteriores, guardados en el fondo del arcón de la tienda.
En definitiva, los comerciantes de Bailén deben bajar los precios de las cosas, deben abrir los sábados por la tarde, para que la gente no se les vaya a Linares a comprar las cosas que pueden comprar aquí. Claro el abrir los sábados por la tarde equivale a más gasto de luz, etc. en las tiendas y eso no lo pueden soportar porque no se compra. Es la pescadilla que se come la cola. No abro porque no vendo y como no vendo, no abro.
Los bailenenses debemos comprar en Bailén, salvo casos excepcionales. Ya sabemos que todo no se puede comprar aquí, pero lo que se pueda hay que hacerlo aquí, no en otro lugar. No nos valen excusas, al pueblo lo tenemos que sacar adelante los del pueblo; los bailenenses tenemos que gastar en Bailén, comprar en Bailén, porque vivimos en Bailén.
Como decía al principio parece que nos gusta gastar fuera lo que hemos ganado dentro. Y así no vamos a ningún sitio. Vamos a hacerlo al revés. Consigamos que los demás gasten en Bailén. Dejemos de comprar fuera y hagámoslo dentro. Al menos hasta que salgamos de la situación de quiebra en la que nos hallamos. Por Bailén merece la pena hacer el sacrificio de no coger el coche, gastar gasolina y tiempo fuera de nuestra localidad para compra y gastar nuestro dinero fuera de nuestra querida ciudad de Bailén.
¡Ah!, que conste que no tengo gratificación alguna de parte de ninguna persona u organismo por esta defensa del comercio de la localidad. Lo hago por que soy bailenense y defiendo mi ciudad.

Cándido T. Lorite