lunes, 30 de marzo de 2015

LA VIRGEN DE ZOCUECA


            Escribir sobre el sentimiento parece cosa fácil. Lo es, cuando se siente en lo más profundo aquello que se siente y de lo que se intenta escribir. Escribir sobre la Virgen de Zocueca es algo que me cuesta, porque mis sentimientos se mezclan con mis creencias y lo que en momentos determinados siento, no es lo que debería.
          
Virgen de Zocueca
  Yo soy un “ladrigarto” como dice mi amigo Paco Linares. Dentro de mí, confluyen sentimientos encontrados, la Virgen de la Capilla, Santa Catalina, la Virgen de las Siete Palabras, la que se meció  a mi compás, como su capataz que fui. La Virgen. Tantas y tantas denominaciones y tantos y tantos sentimientos. Todos hacia la persona, una mujer, María.
            Nunca me han gustado las vírgenes “peponas”. María era mujer de un mínimo de 50 años cuando muere su hijo en la cruz. En aquella época una edad comparable hoy a no menos de 80 años y traqueteada por todos los sufrimientos del hijo. ¿Acaso su representación es motivo de su asunción? ¿Tanto, se supone, se transfiguró el rostro de una mujer? Me cuesta creerlo. Pero cuando veo al pueblo llano, al sencillo hombre del campo, al oficinista, al trabajador de la obra, a la mujer de casa, a la que trabaja fuera, a la que da el pecho a su hijo, a tantas y tantas personas emocionarse con una imagen, pienso si el equivocado no soy yo. Automáticamente se me quita la idea de la cabeza. Pero sigo pensando que esas emociones que sienten en lo más profundo de su alma, con esos cuerpos que vibran al compás de una canción, de una música o de una saeta, me siento identificado con ellos y casi llego a pensar lo mismo. Casi.
            La Virgen de Zocueca la he visto procesionar y he visto en mi mujer una emoción, un sentir, un “algo” que me ha llamado la atención. He mirado a esa Virgen de Zocueca con ojos extraños, con los ojos de alguien que sólo ve un trozo de madera; pero, al mismo tiempo, con un sentimiento de acompañamiento a la persona que está sintiendo en lo más profundo de su interior. Y, en algunos momentos, me he emocionado, por contagio directo; por expresar en ese momento una emoción que sentía el que tenía a mi lado, mi Paqui. Si ella la quiere, la ama, si siente por ella una devoción sin límites, ¿porqué no puedo yo acompañarla en ese sentimiento, aunque no lo sienta con la misma intensidad que ella? A veces lo intento y me sale. Otras veces lo intento y no hay manera.
            ¿Será que los sentimientos hacia una virgen, sea del nombre que sea, se viven en la infancia y perduran en el tiempo, a pesar de las creencias? A veces, yo lo pienso, pero eso sólo me sucede cuando el Jueves Santo sale la Expiración de San Bartolomé y me trae sensaciones y vivencias de mi niñez, infancia y juventud. Pero se pasan en cuanto sale el paso.
            Es por eso que ahora me encuentro escribiendo sobre sentimientos a una virgen, la de Zocueca, a la que he acompañado en romería, he visto en procesión, he sentido la emoción de los demás hacia ella. A veces me ha parecido sentir algo hacia ella pero…

            Cándido T. Lorite