UN
SUEÑO CUMPLIDO
Dedicado a mi amigo Manuel.
Llovía
intensamente. Una mujer morena, delgada, ojos claros, miraba a través de
una ventana el deambular de la
gente por la calle. Toda su vida había sido un mirar por la ventana, el espacio
que le abría el mundo que había fuera de ese lugar, su casa, donde un accidente
a muy temprana edad la había postrado, primero en una cama y luego en una silla
de ruedas, accionada por un mando que ella movía con alguna dificultad.
Siempre
se había imaginado cómo hubiera sido su vida si no hubiera tenido aquel
terrible accidente, cuando, camino de las vacaciones de verano, viajaba junto a
su padre y hermano, en el coche. Miraban a través de la ventana como pasaba el
paisaje y hablaban de las cosas que veían a través de ella, cuando el coche,
embestido por detrás por un conductor que había perdido el control del suyo,
golpeó el de su padre que, sin poder hacerse con el volante, se precipitó monte
abajo. La curva era demasiado pronunciada y el embiste tan grande que nada pudo
hacer.
La
siguiente imagen que recuerda es la de un médico que le decía:
Niña, ¿me
escuchas? ¿Me oyes?.
Aunque lo intentaba me era imposible
responder: Algo tenía en mi boca que me lo impedía.
Por eso el médico me volvió a decir, a preguntar:
Niña, si me oyes
cierra una vez los ojos; si no me oyes, hazlo dos veces.
Por una vez cerré los ojos, dando a
entender que sí lo oía. Y a cada pregunta que me hacía el médico, de cómo había
sido el accidente, si me acordaba, de dónde estábamos, de qué hacíamos, abría y
cerraba una o dos veces los ojos.
De pronto, el médico me dijo que me
iban a quitar algo que tenía en la boca, después supe qué era, que me impedía
hablar. Y me dijo que no me preocupara, que me iba a molestar y que respirara
hondo antes de volver a hablar. Fue la última vez que cerré los ojos para dar
un sí. Un estertor recorrió todo mi cuerpo cuando el médico me quitó la sonda
que estaba instalada en mi boca y que me impedía el hablar. Una angustia que me
hizo dar arcadas, como queriendo coger todo el aire que hubiera en la
habitación.
Habían pasado dos meses desde el
terrible accidente, dónde, después me lo dijeron con toda la suavidad con que
se es capaz de dar semejante noticia, mis padres y hermano habían perdido la
vida. La caída, monte abajo fue mortal para ellos. Yo no me di cuenta de nada,
pues, después del primer golpe debí perder la consciencia. La noticia, para una
niña de 5 años, no podía ser más terrorífica. Sólo acertaba a decir frases
inconexas y llamar, sobre todo, a mi madre. Parecía que aún estaba conmigo allí
y a ello me acostumbré durante los siguientes seis meses que permanecí en el
hospital, tumbada, sin poder moverme. Todos pendientes de mí. Era una niña
alegre, aunque triste por la pérdida.
Médicos, enfermeros, personal
variado del hospital en que me hallaba me hacía la vida lo más amena y
agradable posible. De vez en cuando, un grupo de payasos aparecía por el
hospital y nos entretenía con sus gracias, sus chistes y su animada
conversación. No nos dejaban pensar en nada que no fuera lo que nos estaban
diciendo. Aprendí a quererlos como parte de mi familia. Una familia de la que
sólo quedaban los hermanos de mi madre; un tío y una tía, casados y con dos hijos
de mi edad más o menos. Muy a menudo iban a verme al hospital. Durante el
período de mayor peligro, se turnaron a la cabecera de mi cama, como después me
dijeron los médicos.
Cuando por fin los médicos
comenzaron a decirme que me iban a dar el alta, el nerviosismo se fue
apoderando de mí por momentos. Aún tenían que hacerme algunas pruebas;
sobre todo las referentes a la movilidad
de mis piernas y brazos, a mi estado anímico y, a lo que los médicos llamaban
analíticas, que no eran otra cosa que pincharme para sacarme sangre y decirme
muy alegres, eso sí, que mis constantes vitales estaban bien.
Pero que no podría caminar.
Ya va siendo hora que me presente:
me llamo Milagros. No importan los apellidos, pues mis padres no existían ya. Y
mi nombre parece que mis padres me lo pusieron sabiendo lo que iba a suceder.
Pues un milagro fue el que yo sobreviviera al mortal accidente, en el que
murieron mis padres y hermano.
Mis tíos, Juan y María, se hicieron
cargo de todo el papeleo correspondiente a los seguros del accidente, a la
indemnización que me correspondió, a enterrar a mis padres; de todo, se
encargaron hasta del más último de los detalles. Se llevaban bien con mis
padres, pues mi tía María era hermana de mi madre, de nombre Esperanza. Mi
abuelo era muy devoto de la Esperanza de Triana y por eso le puso así a su
hija.
Con ellos me llevaron a vivir, al
barrio de Triana, en Sevilla. Una casa, no un piso, amplia. El sol entraba a
raudales por los grandes ventanales que daban al jardín, tibio en la primavera,
caluroso en verano y agradecido durante el otoño, la estación que más me
gustaba pero la que más me apenaba. Las hojas de los árboles, al caer, dejaban un manto que me hubiera gustado pisar.
Los colores de las mismas eran tibios, cálidos, aunque sin vida; me traían a la
memoria la vida que perdí en aquel terrible accidente, sucedido ya hace más de
un año.
Los siguientes años los pasé
estudiando en un colegio sevillano. Mis notas eran excelentes año tras año.
Aprobé la Reválida de 4º en el año 1957 y la de 6º, dos años después, con
sobresaliente. Mi año de Preu lo aprobé con una nota de sobresaliente y el
examen de Preu en la universidad, con la misma nota. La carrera de Medicina
estaba a mi alcance y comencé a estudiarla en Madrid, en la Universidad Central.
Mis tíos me consiguieron un piso asequible a mi silla de ruedas y una chica que
me ayudaba en mis desplazamientos. Con los años nos convertimos en amigas
íntimas. Nos lo contábamos absolutamente todo. Nada hacíamos la una sin la
otra. Aprendimos que, si queríamos sobrevivir ambas, deberíamos estar siempre
unidas.
Durante los años que duraron mis
estudios en Madrid eran habituales visitas a Museos, Conferencias, etc. Mi
amiga siempre me preguntaba cosas de lo que veíamos. Su ansia de aprender era
maravillosa. Si visitábamos el Prado, me preguntaba: ¿de quién es el cuadro
éste? Nos encontrábamos ante Las Meninas. No sólo quería saber quién lo pintó,
sino quien había en el cuadro, qué técnicas empleaba.
En una de las visitas que hacíamos
siempre que podíamos escaparnos nos encontrábamos ante las dos Majas de Goya.
Se quedó asombrada de ver cómo, palabras textuales: “ese hombre ha pintado a
una mujer desnuda, acostada en la cama, sin el menor pudor. Que qué poca
vergüenza tenía esa mujer”. La conversación entre nosotras fue escuchada, como
era lógico por un matrimonio que se encontraba, asimismo, contemplado la
belleza de ambas cuadros; el marido le recriminó a mi amiga, muy educadamente,
que en la pintura el desnudo femenino era algo natural, que no era para llamar
desvergonzada a la persona que lo hacía y menos aún a la que se encontraba en
esos cuadros, la Duquesa de Alba. Mi amiga le respondió:
-
Por muy Duquesa que sea, la vergüenza siempre ha de
estar presente, y más aún, si es duquesa.
-
El caballero le respondió: No está la poca vergüenza en
quién se pone desnuda para ser pintada, sino en quién la mira y piensa de la
misma forma que usted.
Tuve que llevármela de allí, porque la conversación estaba subiendo de
tono y alguien, ya había llamado a uno de los celadores.
Los años universitarios pasaban tranquilos y rápidos. Idas, venidas, paseos,
cine, teatro de vez en cuanto y mucho estudiar. Pero merecía la pena. Después
de años intensos de estudio, conseguí acabar mi carrera de medicina y hacer mi
doctorando. Lo acabe Sobresaliente cum
laudem, con una tesis sobre Problemas
medulares provenientes de accidentes. Era lo lógico teniendo en cuenta mis
antecedentes.
Celebramos lo mejor que pudimos y
supimos el Doctorando. Mis tíos Juan y María que habían seguido con verdadero
interés todos mis años universitarios, no faltaron a la cita. Cogieron el coche
y se presentaron en Madrid para festejar, los cuatro juntos, el logro
alcanzado. Nos fuimos al teatro, a ver una obra de Buero Vallejo, Historia de
una escalera, que estaban poniendo de nuevo en Madrid, en el Teatro Calderón.
De nuevo, mi amiga preguntando de qué iba la obra. Le hice un pequeño resumen
de la obra, indicándole que representaba la historia de tres generaciones de la
clase media baja, como lo era ella y su frustración social. Le hablé asimismo
del autor y la importancia del mismo. Le agradó la obra de la que no perdió
detalle y, vuelta a preguntar por los actores, el cómo interpretaban, dónde
habían aprendido a hacerlo. Su afán de saber era increíble. Nunca era demasiado
y era lo que me gustaba de ela; aparte de su carácter afable, amable y
sencillo; sin dobleces, siempre diciendo la verdad, doliera o gustara.
Volviendo a mi situación que era…
La de comenzar a trabajar. Conseguí
beca en la Universidad Americana de Princeton, gracias a mis notas y al
conocimiento de inglés que poseía. En esa universidad, a la que me acompañó mi
amiga de siempre, mi “arrastrasilla”, como la llamaba, hice mis primeros
descubrimientos sobre ratas de laboratorio, de una proteína que conseguía,
momentáneamente, hacer que las piernas de la rata se movieran. Parecía el
inicio de algo que nunca pude llegar a conseguir; a pesar de todos mis
esfuerzos.
He de decir que mi amiga nunca se
había montado, al igual que yo, en un avión. Así que ambas tuvimos la misma
ansiedad ante lo que podía suceder si, como decía: “este aparato se escacharra
en mitad del agua y nos caemos, el golpe que nos íbamos a dar era tremendo. Y, además,
que no sé nadar”. Siempre le salía la vena de “gata” que tenía. “Gata” por ser
de Madrid de “toa la vida, señorita”, como me dijo cuando nos presentaron mis
tíos, con ese acento gracioso y deje que tienen los madrileños.
Durante los años de mi permanencia
en Princeton, viajé por el estado de Jersey, conociendo la vida y costumbres de
sus habitantes. Me desplacé en multitud de ocasiones a la capital, Washington,
a dar conferencias y charlas, debates y tertulias con estudiantes, sobre el
tema que me había traído a esta sensacional universidad, conseguir descubrir
algo que uniera mis vertebras y consiguiera poder andar.
Mientras iban pasando los años, mi amiga iba aprendiendo algo el inglés.
Digo aprender, por decir algo. Mezclaba las palabras inglesas con las propias
de los madrileños y lo que salía por su boca no tenía nada que ver con lo que
quería decir. La consecuencia era que siempre estaba diciendo “estos americanos
no aprenderán nunca español y eso que los descubrimos nosotros”. Recuerdo una
anécdota que le sucedió cuando me acompañaba al Aula Magna de la Universidad de
Princenton.
Tropezó con una baldosa de la entrada, de mármol, que estaba un poco
levantada y en ese chapurreado que tenía dijo:
“shit on tila” en vez de “I shit on the tile” (Me cago en la baldosa).
Un profesor que pasaba al lado le
respondió:” The tila is for drinking” (la tila es para beber)
y mi amiga ni corta ni perezosa, le contestó:
“Sure, the tila going
tho drink. It be silly. (Claro, la baldosa me la voy a beber. Será
tonto). El inglés era espantoso pero a ella le daba igual.
El profesor, viendo la poca cultura de mi amiga, le espetó:
“Dumb, dumb” (vaya burra tonta).
Mi amiga, ni corta ni perezosa, le soltó dos golpes. Uno por cada dumb.
Esa anécdota quedó en los anales de la universidad como alg muy gracioso,
pues el profesor al que se enfrentó mi amiga, era poco considerado con las
mujeres y parece que el poco inglés de mi amiga, hizo que una falta de respeto
se convirtiera en un bochorno para el profesor.
Pasaban los años y, aunque no
conseguía aquello que anhelaba, los premios, distinciones y honores se iban
acumulando en las paredes de mi piso. Ya me había trasladado a Nueva York,
donde se me había ofrecido un puesto, que acepté, en la Universidad de
Columbia. En esta universidad trabajaban varios especialistas en la materia que
yo llevaba trabajando ya la friolera de 35 años. Siempre me acordaba de mi
Sevilla de adopción, a la que sólo había vuelto en dos ocasiones: Cada una de
ellas con motivo de la muerte de mis tíos; aquellas personas increíblemente
humanas que se hicieron cargo de una niña huérfana y, en las peores
condiciones.
Los viajes en cada una de estas ocasiones fueron realmente amargos para
mí. La muerte de mi tía María, producida en un accidente de tráfico en la calle
San Jacinto, muy cerca de su casa en la calle Rodrigo de Triana, causó
conmoción en toda la ciudad por ser el matrimonio muy conocido en los
ambientes, tanto políticos como sociales y religiosos. Ya dije que eran muy
devotos de la Esperanza de Triana, pertenecientes a su Hermandad y algo adictos
al régimen de Franco; con lo que tenían pase en círculos, casetas de feria y
salones de la alta aristocracia sevillana.
El mes que permanecí en Sevilla, cuidando de la mejor manera a mi tío
Juan, fue como un bálsamo de tranquilidad para mí. El ajetreo de Nueva York, ya
empezaba a pasarme factura a mis doloridos huesos y el sol del mes de mayo,
junto a los olores de mi Triana me sirvió para tomar nuevas fuerzas para la
vuelta a Estados Unidos. Antes de marchar definitivamente, nos trasladamos unos
pocos días a Madrid, para que mi amiga saludara a sus pares, aún vivos, aunque
muy mayores. No les faltaba de nada, pues ella y yo, mandábamos todos los meses
una jugosa cantidad de dinero para que estuvieran bien atendidos.
En Columbia me jubilé a la edad de
75 años. Mi inseparable amiga, aún estaba conmigo. Mi sombra, mi amiga, la que
siempre me había acompañado en todo momento, desde que le dieron el encargo de
“arrastrar” mi silla durante el tiempo que hiciera falta. Nunca llegó a casarse
con tal de estar a mi lado. Lo consideraba como un honor empujar la silla de
una persona tan célebre y conocida, como decía ella, en el mundo entero.
Entre mi vuelta a Columbia y mi
jubilación, se murió mi tío Juan y los padres de mi amiga. Casi a la misma vez.
Así que de nuevo, tuvimos que hacer las maletas y volver a mi Triana. Comencé,
viendo próxima mi jubilación, pues ya tenía 73 años, a preparar la casa de mis
tíos para cuando llegara el momento y nos trasladáramos definitivamente a
España. Dejé al cuidado de la misma al antiguo chófer de mi tío, un hombre
amable y buen trianero.
Nos trasladamos a Madrid, para
visitar la tumba de los padres de mi amiga. Murieron con poco intervalo entre
uno y otro, como queriéndose ir juntos; aquello que todo matrimonio que se
quiere, desea. Casi lo consiguen, pues hubo sólo dos meses de diferencia. Les
pagamos unas misas en la iglesia de San Miguel, donde ellos iban cada domingo,
pues vivían en la calle Grafal. Su presencia en esa calle despertó la
curiosidad de sus antiguas vecinas de la Cava Baja, donde ella jugaba de
pequeña y dónde trabajaba limpiando alguna que otra casa. Volvimos a Nueva York
y allí…
Me concedieron todos los honores y reconocimientos posibles para una
mujer pionera en el estudio de las vértebras deformadas con motivo de
accidentes; pero una pena embargaba mi ser: No había conseguido un remedio para
poder andar de nuevo. Y con esa pena volví a Sevilla, a mi Triana. Con más
acento americano que sevillano. A esa casa amplia, con grandes ventanales,
donde el sol entraba a raudales y que era acogedora y tranquila. Hasta aquí,
hasta Sevilla habían llegado, a través de los años, las noticias de una
sevillana que había trabajado en las principales universidades americanas
trabajando en pos de un descubrimiento que nunca llegó a descubrir. El
ayuntamiento me hizo toda clase de honores en un gran recibimiento en su Salón
de Plenos, nombrándome Hija Adoptiva y Predilecta de la Ciudad del NO-DO. Todo
un honor para una trianera de adopción y de corazón.
Pasé los últimos años de mi vida,
tranquila, leyendo, paseando en silla de ruedas por mi Triana, viendo a mi
Esperanza y yendo de vez en cuando a Sevilla, como dicen los trianeros de pro.
Cada vez que cruzaba el Puente de
Isabel II, el puente por donde cruza la Esperanza y el Cachorro, en su ir y
venir de Sevilla a sus casas, en Triana, el corazón me latía con más fuerza. Es
algo que siempre me pasó desde que viene a vivir a esta ciudad de la mano de
mis tíos.
Mi amiga inseparable había muerto a poco de llegar a la ciudad y la
enterré junto a mis tíos, en el cementerio de San Fernando. Mis traslados,
desde entonces, los hacía en un coche, que me había sido regalado por el
ayuntamiento, y un chófer, algo mayor, con el que me entendía a duras penas. Un
sevillano del barrio de Macarena, ahí es nada la diferencia entre nosotros. De
vez en cuando me sacaba en la silla por mis calles de Triana y saludaba a unos
y a otros, como si el mundo no existiera y sólo estuviera la calidez de esas
personas que, sin apenas conocerme, lo hacían de una manera cordial, normal,
como si me conocieran de toda la vida. Algunas decían en voz baja, para que yo
no las oyera:”es esa mujer tan famosa que estuvo muchos años en Estados Unidos,
y que volvió a casa de sus tíos, ahí en la calle Rodrigo de Trina”. Era para
mí, un sonrojo subir a mi cara, cada que oía algo parecido. Pero sentía que
tras esas palabras, había un cariño que yo no me había ganado pero que la gente
de Triana me ofrecía.
Dicen que morí una tarde de otoño,
cuando las hojas se desprenden y dejan esos colores cálidos y fríos, tapizando
el suelo de mi jardín. Había dejado una nota: “Quisiera ser enterrada junto a
mi “arrastrasillas”.
Al fin, cuando morí vi mi sueño
cumplido. Podía de nuevo andar junto a mis padres, mis tíos y mi amiga de toda
mi vida.
Cándido T. Lorite



