martes, 12 de diciembre de 2017

Esta entrada es un Relato Corto, presentado a l Certamen de Relatos Cortos de Bailén, 2017. No ha sido premiado, como era de esperar.


UN SUEÑO CUMPLIDO
                                                                                             
          Dedicado a mi amigo Manuel.


            Llovía intensamente. Una mujer morena, delgada, ojos claros, miraba a través de
una ventana el deambular de la gente por la calle. Toda su vida había sido un mirar por la ventana, el espacio que le abría el mundo que había fuera de ese lugar, su casa, donde un accidente a muy temprana edad la había postrado, primero en una cama y luego en una silla de ruedas, accionada por un mando que ella movía con alguna dificultad.
            Siempre se había imaginado cómo hubiera sido su vida si no hubiera tenido aquel terrible accidente, cuando, camino de las vacaciones de verano, viajaba junto a su padre y hermano, en el coche. Miraban a través de la ventana como pasaba el paisaje y hablaban de las cosas que veían a través de ella, cuando el coche, embestido por detrás por un conductor que había perdido el control del suyo, golpeó el de su padre que, sin poder hacerse con el volante, se precipitó monte abajo. La curva era demasiado pronunciada y el embiste tan grande que nada pudo hacer.
            La siguiente imagen que recuerda es la de un médico que le decía:
Niña, ¿me escuchas? ¿Me oyes?.
            Aunque lo intentaba me era imposible responder: Algo tenía en mi boca que me lo impedía.
Por eso el médico me volvió a decir, a preguntar:
Niña, si me oyes cierra una vez los ojos; si no me oyes, hazlo dos veces.
            Por una vez cerré los ojos, dando a entender que sí lo oía. Y a cada pregunta que me hacía el médico, de cómo había sido el accidente, si me acordaba, de dónde estábamos, de qué hacíamos, abría y cerraba una o dos veces los ojos.
            De pronto, el médico me dijo que me iban a quitar algo que tenía en la boca, después supe qué era, que me impedía hablar. Y me dijo que no me preocupara, que me iba a molestar y que respirara hondo antes de volver a hablar. Fue la última vez que cerré los ojos para dar un sí. Un estertor recorrió todo mi cuerpo cuando el médico me quitó la sonda que estaba instalada en mi boca y que me impedía el hablar. Una angustia que me hizo dar arcadas, como queriendo coger todo el aire que hubiera en la habitación.
            Habían pasado dos meses desde el terrible accidente, dónde, después me lo dijeron con toda la suavidad con que se es capaz de dar semejante noticia, mis padres y hermano habían perdido la vida. La caída, monte abajo fue mortal para ellos. Yo no me di cuenta de nada, pues, después del primer golpe debí perder la consciencia. La noticia, para una niña de 5 años, no podía ser más terrorífica. Sólo acertaba a decir frases inconexas y llamar, sobre todo, a mi madre. Parecía que aún estaba conmigo allí y a ello me acostumbré durante los siguientes seis meses que permanecí en el hospital, tumbada, sin poder moverme. Todos pendientes de mí. Era una niña alegre, aunque triste por la pérdida.
            Médicos, enfermeros, personal variado del hospital en que me hallaba me hacía la vida lo más amena y agradable posible. De vez en cuando, un grupo de payasos aparecía por el hospital y nos entretenía con sus gracias, sus chistes y su animada conversación. No nos dejaban pensar en nada que no fuera lo que nos estaban diciendo. Aprendí a quererlos como parte de mi familia. Una familia de la que sólo quedaban los hermanos de mi madre; un tío y una tía, casados y con dos hijos de mi edad más o menos. Muy a menudo iban a verme al hospital. Durante el período de mayor peligro, se turnaron a la cabecera de mi cama, como después me dijeron los médicos.
            Cuando por fin los médicos comenzaron a decirme que me iban a dar el alta, el nerviosismo se fue apoderando de mí por momentos. Aún tenían que hacerme algunas pruebas; sobre  todo las referentes a la movilidad de mis piernas y brazos, a mi estado anímico y, a lo que los médicos llamaban analíticas, que no eran otra cosa que pincharme para sacarme sangre y decirme muy alegres, eso sí, que mis constantes vitales estaban bien.
            Pero que no podría caminar.
            Ya va siendo hora que me presente: me llamo Milagros. No importan los apellidos, pues mis padres no existían ya. Y mi nombre parece que mis padres me lo pusieron sabiendo lo que iba a suceder. Pues un milagro fue el que yo sobreviviera al mortal accidente, en el que murieron mis padres y hermano.
            Mis tíos, Juan y María, se hicieron cargo de todo el papeleo correspondiente a los seguros del accidente, a la indemnización que me correspondió, a enterrar a mis padres; de todo, se encargaron hasta del más último de los detalles. Se llevaban bien con mis padres, pues mi tía María era hermana de mi madre, de nombre Esperanza. Mi abuelo era muy devoto de la Esperanza de Triana y por eso le puso así a su hija.
            Con ellos me llevaron a vivir, al barrio de Triana, en Sevilla. Una casa, no un piso, amplia. El sol entraba a raudales por los grandes ventanales que daban al jardín, tibio en la primavera, caluroso en verano y agradecido durante el otoño, la estación que más me gustaba pero la que más me apenaba. Las hojas de los árboles, al caer,  dejaban un manto que me hubiera gustado pisar. Los colores de las mismas eran tibios, cálidos, aunque sin vida; me traían a la memoria la vida que perdí en aquel terrible accidente, sucedido ya hace más de un año.
            Los siguientes años los pasé estudiando en un colegio sevillano. Mis notas eran excelentes año tras año. Aprobé la Reválida de 4º en el año 1957 y la de 6º, dos años después, con sobresaliente. Mi año de Preu lo aprobé con una nota de sobresaliente y el examen de Preu en la universidad, con la misma nota. La carrera de Medicina estaba a mi alcance y comencé a estudiarla en Madrid, en la Universidad Central. Mis tíos me consiguieron un piso asequible a mi silla de ruedas y una chica que me ayudaba en mis desplazamientos. Con los años nos convertimos en amigas íntimas. Nos lo contábamos absolutamente todo. Nada hacíamos la una sin la otra. Aprendimos que, si queríamos sobrevivir ambas, deberíamos estar siempre unidas.
            Durante los años que duraron mis estudios en Madrid eran habituales visitas a Museos, Conferencias, etc. Mi amiga siempre me preguntaba cosas de lo que veíamos. Su ansia de aprender era maravillosa. Si visitábamos el Prado, me preguntaba: ¿de quién es el cuadro éste? Nos encontrábamos ante Las Meninas. No sólo quería saber quién lo pintó, sino quien había en el cuadro, qué técnicas empleaba.
            En una de las visitas que hacíamos siempre que podíamos escaparnos nos encontrábamos ante las dos Majas de Goya. Se quedó asombrada de ver cómo, palabras textuales: “ese hombre ha pintado a una mujer desnuda, acostada en la cama, sin el menor pudor. Que qué poca vergüenza tenía esa mujer”. La conversación entre nosotras fue escuchada, como era lógico por un matrimonio que se encontraba, asimismo, contemplado la belleza de ambas cuadros; el marido le recriminó a mi amiga, muy educadamente, que en la pintura el desnudo femenino era algo natural, que no era para llamar desvergonzada a la persona que lo hacía y menos aún a la que se encontraba en esos cuadros, la Duquesa de Alba. Mi amiga le respondió:
-          Por muy Duquesa que sea, la vergüenza siempre ha de estar presente, y más aún, si es duquesa.
-          El caballero le respondió: No está la poca vergüenza en quién se pone desnuda para ser pintada, sino en quién la mira y piensa de la misma forma que usted.
Tuve que llevármela de allí, porque la conversación estaba subiendo de tono y alguien, ya había llamado a uno de los celadores.
            Los años universitarios pasaban  tranquilos y rápidos. Idas, venidas, paseos, cine, teatro de vez en cuanto y mucho estudiar. Pero merecía la pena. Después de años intensos de estudio, conseguí acabar mi carrera de medicina y hacer mi doctorando. Lo acabe Sobresaliente cum laudem, con una tesis sobre Problemas medulares provenientes de accidentes. Era lo lógico teniendo en cuenta mis antecedentes.
            Celebramos lo mejor que pudimos y supimos el Doctorando. Mis tíos Juan y María que habían seguido con verdadero interés todos mis años universitarios, no faltaron a la cita. Cogieron el coche y se presentaron en Madrid para festejar, los cuatro juntos, el logro alcanzado. Nos fuimos al teatro, a ver una obra de Buero Vallejo, Historia de una escalera, que estaban poniendo de nuevo en Madrid, en el Teatro Calderón. De nuevo, mi amiga preguntando de qué iba la obra. Le hice un pequeño resumen de la obra, indicándole que representaba la historia de tres generaciones de la clase media baja, como lo era ella y su frustración social. Le hablé asimismo del autor y la importancia del mismo. Le agradó la obra de la que no perdió detalle y, vuelta a preguntar por los actores, el cómo interpretaban, dónde habían aprendido a hacerlo. Su afán de saber era increíble. Nunca era demasiado y era lo que me gustaba de ela; aparte de su carácter afable, amable y sencillo; sin dobleces, siempre diciendo la verdad, doliera o gustara. Volviendo a mi situación que era…
            La de comenzar a trabajar. Conseguí beca en la Universidad Americana de Princeton, gracias a mis notas y al conocimiento de inglés que poseía. En esa universidad, a la que me acompañó mi amiga de siempre, mi “arrastrasilla”, como la llamaba, hice mis primeros descubrimientos sobre ratas de laboratorio, de una proteína que conseguía, momentáneamente, hacer que las piernas de la rata se movieran. Parecía el inicio de algo que nunca pude llegar a conseguir; a pesar de todos mis esfuerzos.
            He de decir que mi amiga nunca se había montado, al igual que yo, en un avión. Así que ambas tuvimos la misma ansiedad ante lo que podía suceder si, como decía: “este aparato se escacharra en mitad del agua y nos caemos, el golpe que nos íbamos a dar era tremendo. Y, además, que no sé nadar”. Siempre le salía la vena de “gata” que tenía. “Gata” por ser de Madrid de “toa la vida, señorita”, como me dijo cuando nos presentaron mis tíos, con ese acento gracioso y deje que tienen los madrileños.
            Durante los años de mi permanencia en Princeton, viajé por el estado de Jersey, conociendo la vida y costumbres de sus habitantes. Me desplacé en multitud de ocasiones a la capital, Washington, a dar conferencias y charlas, debates y tertulias con estudiantes, sobre el tema que me había traído a esta sensacional universidad, conseguir descubrir algo que uniera mis vertebras y consiguiera poder andar.
Mientras iban pasando los años, mi amiga iba aprendiendo algo el inglés. Digo aprender, por decir algo. Mezclaba las palabras inglesas con las propias de los madrileños y lo que salía por su boca no tenía nada que ver con lo que quería decir. La consecuencia era que siempre estaba diciendo “estos americanos no aprenderán nunca español y eso que los descubrimos nosotros”. Recuerdo una anécdota que le sucedió cuando me acompañaba al Aula Magna de la Universidad de Princenton.
Tropezó con una baldosa de la entrada, de mármol, que estaba un poco levantada y en ese chapurreado que tenía dijo:
“shit on tila” en vez de “I shit on the tile” (Me cago en la baldosa).
 Un profesor que pasaba al lado le respondió:” The tila is for drinking” (la tila es para beber)
y mi amiga ni corta ni perezosa, le contestó:
“Sure, the tila going tho drink. It be silly. (Claro, la baldosa me la voy a beber. Será tonto). El inglés era espantoso pero a ella le daba igual.
El profesor, viendo la poca cultura de mi amiga, le espetó:
“Dumb, dumb” (vaya burra tonta).
Mi amiga, ni corta ni perezosa, le soltó dos golpes. Uno por cada dumb.
Esa anécdota quedó en los anales de la universidad como alg muy gracioso, pues el profesor al que se enfrentó mi amiga, era poco considerado con las mujeres y parece que el poco inglés de mi amiga, hizo que una falta de respeto se convirtiera en un bochorno para el profesor.
 Pasaban los años y, aunque no conseguía aquello que anhelaba, los premios, distinciones y honores se iban acumulando en las paredes de mi piso. Ya me había trasladado a Nueva York, donde se me había ofrecido un puesto, que acepté, en la Universidad de Columbia. En esta universidad trabajaban varios especialistas en la materia que yo llevaba trabajando ya la friolera de 35 años. Siempre me acordaba de mi Sevilla de adopción, a la que sólo había vuelto en dos ocasiones: Cada una de ellas con motivo de la muerte de mis tíos; aquellas personas increíblemente humanas que se hicieron cargo de una niña huérfana y, en las peores condiciones.
Los viajes en cada una de estas ocasiones fueron realmente amargos para mí. La muerte de mi tía María, producida en un accidente de tráfico en la calle San Jacinto, muy cerca de su casa en la calle Rodrigo de Triana, causó conmoción en toda la ciudad por ser el matrimonio muy conocido en los ambientes, tanto políticos como sociales y religiosos. Ya dije que eran muy devotos de la Esperanza de Triana, pertenecientes a su Hermandad y algo adictos al régimen de Franco; con lo que tenían pase en círculos, casetas de feria y salones de la alta aristocracia sevillana.
El mes que permanecí en Sevilla, cuidando de la mejor manera a mi tío Juan, fue como un bálsamo de tranquilidad para mí. El ajetreo de Nueva York, ya empezaba a pasarme factura a mis doloridos huesos y el sol del mes de mayo, junto a los olores de mi Triana me sirvió para tomar nuevas fuerzas para la vuelta a Estados Unidos. Antes de marchar definitivamente, nos trasladamos unos pocos días a Madrid, para que mi amiga saludara a sus pares, aún vivos, aunque muy mayores. No les faltaba de nada, pues ella y yo, mandábamos todos los meses una jugosa cantidad de dinero para que estuvieran bien atendidos.
            En Columbia me jubilé a la edad de 75 años. Mi inseparable amiga, aún estaba conmigo. Mi sombra, mi amiga, la que siempre me había acompañado en todo momento, desde que le dieron el encargo de “arrastrar” mi silla durante el tiempo que hiciera falta. Nunca llegó a casarse con tal de estar a mi lado. Lo consideraba como un honor empujar la silla de una persona tan célebre y conocida, como decía ella, en el mundo entero.
            Entre mi vuelta a Columbia y mi jubilación, se murió mi tío Juan y los padres de mi amiga. Casi a la misma vez. Así que de nuevo, tuvimos que hacer las maletas y volver a mi Triana. Comencé, viendo próxima mi jubilación, pues ya tenía 73 años, a preparar la casa de mis tíos para cuando llegara el momento y nos trasladáramos definitivamente a España. Dejé al cuidado de la misma al antiguo chófer de mi tío, un hombre amable y buen trianero.
            Nos trasladamos a Madrid, para visitar la tumba de los padres de mi amiga. Murieron con poco intervalo entre uno y otro, como queriéndose ir juntos; aquello que todo matrimonio que se quiere, desea. Casi lo consiguen, pues hubo sólo dos meses de diferencia. Les pagamos unas misas en la iglesia de San Miguel, donde ellos iban cada domingo, pues vivían en la calle Grafal. Su presencia en esa calle despertó la curiosidad de sus antiguas vecinas de la Cava Baja, donde ella jugaba de pequeña y dónde trabajaba limpiando alguna que otra casa. Volvimos a Nueva York y allí…
Me concedieron todos los honores y reconocimientos posibles para una mujer pionera en el estudio de las vértebras deformadas con motivo de accidentes; pero una pena embargaba mi ser: No había conseguido un remedio para poder andar de nuevo. Y con esa pena volví a Sevilla, a mi Triana. Con más acento americano que sevillano. A esa casa amplia, con grandes ventanales, donde el sol entraba a raudales y que era acogedora y tranquila. Hasta aquí, hasta Sevilla habían llegado, a través de los años, las noticias de una sevillana que había trabajado en las principales universidades americanas trabajando en pos de un descubrimiento que nunca llegó a descubrir. El ayuntamiento me hizo toda clase de honores en un gran recibimiento en su Salón de Plenos, nombrándome Hija Adoptiva y Predilecta de la Ciudad del NO-DO. Todo un honor para una trianera de adopción y de corazón.
            Pasé los últimos años de mi vida, tranquila, leyendo, paseando en silla de ruedas por mi Triana, viendo a mi Esperanza y yendo de vez en cuando a Sevilla, como dicen los trianeros de pro.
 Cada vez que cruzaba el Puente de Isabel II, el puente por donde cruza la Esperanza y el Cachorro, en su ir y venir de Sevilla a sus casas, en Triana, el corazón me latía con más fuerza. Es algo que siempre me pasó desde que viene a vivir a esta ciudad de la mano de mis tíos.
Mi amiga inseparable había muerto a poco de llegar a la ciudad y la enterré junto a mis tíos, en el cementerio de San Fernando. Mis traslados, desde entonces, los hacía en un coche, que me había sido regalado por el ayuntamiento, y un chófer, algo mayor, con el que me entendía a duras penas. Un sevillano del barrio de Macarena, ahí es nada la diferencia entre nosotros. De vez en cuando me sacaba en la silla por mis calles de Triana y saludaba a unos y a otros, como si el mundo no existiera y sólo estuviera la calidez de esas personas que, sin apenas conocerme, lo hacían de una manera cordial, normal, como si me conocieran de toda la vida. Algunas decían en voz baja, para que yo no las oyera:”es esa mujer tan famosa que estuvo muchos años en Estados Unidos, y que volvió a casa de sus tíos, ahí en la calle Rodrigo de Trina”. Era para mí, un sonrojo subir a mi cara, cada que oía algo parecido. Pero sentía que tras esas palabras, había un cariño que yo no me había ganado pero que la gente de Triana me ofrecía.
            Dicen que morí una tarde de otoño, cuando las hojas se desprenden y dejan esos colores cálidos y fríos, tapizando el suelo de mi jardín. Había dejado una nota: “Quisiera ser enterrada junto a mi “arrastrasillas”.

            Al fin, cuando morí vi mi sueño cumplido. Podía de nuevo andar junto a mis padres, mis tíos y mi amiga de toda mi vida.
Cándido T. Lorite

¿DESPEDIDA?



Si las encrucijadas del destino
nos conducen por sendas caprichosas,
tenemos en común ya muchas cosas.
para poder seguir otro camino.

Pienso decir adiós y no termino;
nos unen los recuerdos y las rosas
y nos atan los sueños. Temblorosas
van mis manos a ti. No es desatino.

¿Quién puede más espíritu o materia
en este mundo de locos y cuerdos?
si la vida nos llega a separar

por causa de un error o una miseria,
del peso inmaterial de los recuerdos
ya nunca nos podremos liberar.


Cándido T. Lorite