Me
jubilé de la enseñanza hace ya la friolera de ocho años, cumplidos los sesenta
y con los años cotizados, y de más, a la Seguridad Social. Lo hice estando en
un Instituto de Secundaria, dando clases de Matemáticas a alumnos que merecían
la pena y a otros que no tanto. Pero a mí, me gustaba enseñar los conocimientos
que tenía. Pensaba estar, al menos, hasta los sesenta y cinco; porque me
gustaba, como he dicho, enseñar, la enseñanza: Pero, con los años en vez de
maestro me había hecho un oficinista; un señor que continuamente tenía que
estar pendiente de papeles y papeleo, de llamar al orden continuamente, de
perder más de quince minutos en esperar a que la clase estuviera en silencio
para poder dar “clase”, como se decía anteriormente, en otros tiempos.
Pendiente
del inspector de zona, aunque confieso a mí nunca me han dado”miedo” esos
señores, y más de una vez y de dos, me he enfrentado a ellos, por diversos
motivos. La cuestión es que, de vez en cuando al principio y muy a menudo,
después, se presentaban en el instituto encargándonos cuestiones y más
cuestiones, papeles y más papeles, que hacían que anduviéramos todo el tiempo,
o la mayoría de él, con carpetas bajo el brazo, como eficientes oficinistas.
Papeles que, decían, les habían ordenado traer a los profesores desde
diferentes ámbitos covachuelísticos, para formar e informar mejor a los profesores de cómo
tenían que hacer su enseñanza.
Órdenes
que venían, siempre, de “arriba”: el ministro de turno, se las hacía llegar al
consejero de comunidad; de aquí al delegado correspondiente y de éste, a los
inspectores. Una pirámide que no servía más que para dar la nota y perder el
tiempo de una forma inútil, dejando de lado, la enseñanza. Cuánto más tiempo al
papeleo, menos tiempo a enseñar. Estaba claro. Mientras esto sucedía y yo
estaba con el inspector, los alumnos esperaban, tranquilamente, en clase o en
el pasillo a que el profesor, o sea yo, les enseñara las matemáticas necesarias
para aprobar o aprender.
Así
que un día, cogí el petate, como se suele decir, y me marché a mi casa. Con
ganas de seguir enseñando, con ganas de enseñar, con los alumnos preguntándome
por qué dejaba la enseñanza, si era joven, si me gustaba, etc, etc. Menos mal
que lo dejé. Y lo digo porque apareció el nuevo lenguaje que para mí hubiera
sido un suplicio el tener que aprender. Dos, de mis tres mejores amigos, con
los que me junto cada vez que puedo y con los que hablo y hablamos de todo,
hasta de enseñanza, me han dado a conocer el nuevo lenguaje aparecido con la
LOMCE. No me hablan de si les gusta la ley o no les gusta, pues ellos, como yo,
lo que saben y quieren, es enseñar. Pero como a mí, les sublevan los
inspectores, y sobre todo, el nuevo lenguaje lomciano.
Un
lenguaje lleno de palabras, términos y frases estúpidas y memas, sin sentido
alguno y que, cuando nos juntamos y me las comunican, me producen un dolor de
cabeza increíble, pues aunque trato de descifrar su significado, lo admito, soy
incapaz de hacerlo. Me lo han de explicar despacio y con todo y eso, a veces
pienso si el estúpido soy yo o los inspectores, o delegados, o consejeros o
ministro o técnicos que se lo han inventado. Yendo ahora en sentido inverso a
como lo ordenan que lo hagan. Y como ejemplos son amores y no buenas razones,
aquí van algunas de las cosas que me dicen mis amigos.
¿Qué son los
estándares de aprendizaje evaluables? Respuesta: “Las
especificaciones de los criterios de evaluación que permiten definir los
resultados del aprendizaje”. Aunque hay que tener mucho cuidado, porque miren
lo que dicen de estos: “Su diseño debe contribuir y facilitar el diseño de
pruebas estandarizadas y comparables”. Definición
de Curriculo: “La regulación de los elementos que determinan los procesos
de enseñanza y aprendizaje para cada una de las enseñanzas y etapas
educativas”. ¿Qué son las competencias?.
Respuesta: “Las capacidades para
aplicar de forma objetiva los contenidos”.
Y
ahora mis preguntas: ¿Qué es una “forma integrada” que además, “se aplica”?
¿Qué es una “especificación” que “permite definir”? ¿Qué es un “diseño” que
contribuye y facilita “un diseño” nada menos que de “pruebas estandarizadas”?.
Esta
forma de hablar es una forma de acabar con la enseñanza. Este es el nuevo
español dicho por papanatas, que enciman parecen excitarse con estos “palabros”
y que no hacen sino intentar romper el subsconsiente de los profesores,
maestros o cualquier persona que lea semejantes estupideces, salidas de plumas
calenturientas situadas detrás de una mesa. Con lo fácil que es llamar al pan,
pan y al vino, vino. Como siempre se ha dicho. Lo importante es que los alumnos
aprendan a leer, escribir, redactar, las cuatro reglas, y después, con
tranquilidad se les enseña geografía e historia de España, matemáticas,
literatura, algo de filosofía y, como estamos en tiempos modernos, a saber
utilizar un smarphone, ipod, ipad, iphone, tablet, ordenador de última
generación y técnicas de internet que les permita ser libres, pero educados;
valientes, pero cautos; respetuosos, educados, etc. Valores que con tanta
palabrería, parafernalia y leyes, se están perdiendo si es que no se han
perdido ya.
¿Entienden
por qué dejé la enseñanza, a pesar de que soy un maestro de los pies a la
cabeza? Pues eso mismo.
Cándido
T. Lorite














