sábado, 17 de enero de 2015

LEYENDAS DE JAÉN. 11

El lagarto de La Magdalena
            Hace muchos, muchísimos años, tantos que el recuerdo no alcanza a numerarlos, Jaén era una ciudad de importancia, grande en comercio y negocios, hermosa en arquitectura y trazado, generosa en gentes y abundante en aguas.
            Vivían en estas tierras generosas, gentes del norte de la península, también los había que procedían de más allá de los mares, e incluso se rumoreaba que algunas familias procedían de los confines de la tierra.
            El manantial de agua más abundante era el de La magdalena, con un caño grueso como un toro grande, que no cesaba nunca de regalar sus aguas a los habitantes de la ciudad, además de otros muchos, pero de menos importancia.
            Podría decirse que Jaén era tierra feliz, si no fuera porque en ese gran manantial, al que nosotros los jaeneros, gustamos más de llamar Raudal, habitaba una bestia inmunda, grande como una montaña, fiera como un demonio, fea como una maldición y hambrienta como rebaño de leones.
            Aquella bestia horrible, a la que los habitantes de la gran ciudad llamaban lagarto, pues no era otra cosa que eso, un lagarto de grandes  y enormes proporciones, se dedicaba a merendarse todos los atardeceres a alguna de las hermosas pastiras, que con la tranquilidad de su labor, se acercaban a llenar los cántaros de agua al manantial del lagarto.
           
El Lagarto de la Magdalena
Al principio, dicen las gentes que comía un muchacho o muchacha cada mucho tiempo, quizá porque fuera pequeña la bestia. Conforme crecía el Lagarto, agrandó tanto su estómago que precisó en su merienda una doncella diaria. No contento con esto, aprovechaba el amanecer para desayunarse a algún caballero trashumante o trasnochado, que regresara a su casa tras gozar de la compañía de doncella ligera, o a algún hortelano adormilado que se acercara al raudal a saborear un poco de la deliciosa agua, antes de encaminarse a la faena diaria en su huerta.
            Todos los niños de la ilustre villa decían haberlo visto, pero no era cierto el cuento, ya que aquel que la divisaba, pasaba a engrosar la lista de kilos de aquella fiera de la Magdalena. La situación era insostenible. Decidieron las buenas gentes de la ciudad no acercarse a la guarida de aquel Lagarto tan enorme y hambriento.
            Más valía, a pesar de las dificultades que ello conllevaba, buscar el agua en otros pilares de menor abundancia, conservando así la vida alejadas de aquella voraz criatura. Pasado un tiempo, se oían las tripas del lagarto rugir, ya que éste tenía un apetito atroz. Nadie se acercaba a su guarida. Cuando el hambre apretó al lagarto, comenzó a salir la fiera de la cueva y a recorrer las calles del honrado barrio de la Magdalena, en busca de alimento humano para no fenecer y aliviar los dolores de su escandaloso estómago.
            Fueron muchos los días en que nadie pudo salir de sus casas. El Lagarto estaba pendiente de comerse al primero que se atreviese a salir a la calle, que él ya consideraba de su dominio. Los labradores no labraban, las aguadoras no aguaban, los curanderos no curaban y los pregoneros no pregonaban. Nadie podía salir para ejercer su oficio Aquello no podía continuar así.
           
Iglesia de la Magdalena
Llegó un día en que un valiente preso se ofreció a matar al Lagarto a cambio de su libertad. Vio el Concejo de la Ciudad que era buena la proposición del reo, por lo que pronto lo llamó a su presencia. Les explicó el presidiario el plan que había ideado y  lo que a cambio pedía, aceptando los gobernantes de esta ciudad darle la libertad si llevaba a buen término semejante hazaña.
            Solicitó el preso el pellejo de un cordero recién muerto, para que bien huela a carne de animal aún vivo, pólvora a convenir, un gran saco de panes calientes para hacer un rastro apetitoso a tan sibarita bestia y un caballo veloz. Una vez le fue entregado todo lo solicitado, se preparó el preso para ejecutar su peligroso proyecto.        Un amanecer, mientras el lagarto dormía, llegó al trote hasta su guarida. Siguiendo el plan previsto, tras despertar a la bestia inmunda, dejó un rastro de pan caliente que el lagarto siguió hasta la Plaza de San Ildefonso. Una vez  llegó allí, vio el lagarto la piel del cordero, que previamente había llenado del material explosivo. Encendió el preso la mecha y enseguida, de un solo bocado, tragó el lagarto el cordero, que en llegándole a su incansable estómago le abrasó las entrañas y explotó, pegando el horrible animal un reventón como jamás se hubiera escuchado en la ciudad.
            Hay quien dice que al lagarto lo mató un valiente caballero. Otros cuentan que fue un pastor al que la terrible bestia se comía sus ovejas. Dícese también que reventó la bestia tras atiborrarse de panes calientes. Nos hablan también de yesca y no de pólvora, e incluso hay quien dice que murió la bestia a manos de un caballero vestido de espejos.
            Sea como fuere, lo cierto es que cuando reventó tres días de fiesta se dieron en todas las plazas. Vino y alegría repartieron las gentes por todas las calles, Las pastiras volvieron a coger agua en el manantial, los labradores volvieron a labrar, los curanderos a curar y los pregoneros a pregonar y, cada vez que alguien hizo mal, desde entonces y, hasta hoy, dícesele fuertemente:”Así revientes como el Lagarto de la Malena”, porque nunca hubo reventón tan grande y tan fuerte en el mundo entero ni en sus confines.
            Se trata del mito del Dragón, localizado en Jaén con gran arraigo entres su población y que, según algunos eruditos, dicho mito llegaría hasta la ciudad de manos de comerciantes fenicios, sirios, o muy posiblemente, de judíos que llegaron a la península todavía bajo dominación romana.
            Esta leyenda está incluida entre los 10 Tesoros del Patrimonio Cultural Inmaterial de España y figura entre las propuestas para su Declaración futura como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por parte de la UNESCO, junto a manifestaciones culturales tales como los Carnavales de Cádiz o las Fallas de Valencia, entre otras.

Cándido  T. Lorite

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