El lagarto de La Magdalena
Hace muchos, muchísimos años, tantos
que el recuerdo no alcanza a numerarlos, Jaén era una ciudad de importancia,
grande en comercio y negocios, hermosa en arquitectura y trazado, generosa en
gentes y abundante en aguas.
Vivían en estas tierras generosas,
gentes del norte de la península, también los había que procedían de más allá
de los mares, e incluso se rumoreaba que algunas familias procedían de los
confines de la tierra.
El manantial de agua más abundante
era el de La magdalena, con un caño grueso como un toro grande, que no cesaba
nunca de regalar sus aguas a los habitantes de la ciudad, además de otros
muchos, pero de menos importancia.
Podría decirse que Jaén era tierra
feliz, si no fuera porque en ese gran manantial, al que nosotros los jaeneros,
gustamos más de llamar Raudal, habitaba una bestia inmunda, grande como una
montaña, fiera como un demonio, fea como una maldición y hambrienta como rebaño
de leones.
Aquella bestia horrible, a la que
los habitantes de la gran ciudad llamaban lagarto, pues no era otra cosa que
eso, un lagarto de grandes y enormes
proporciones, se dedicaba a merendarse todos los atardeceres a alguna de las
hermosas pastiras, que con la tranquilidad de su labor, se acercaban a llenar
los cántaros de agua al manantial del lagarto.
| El Lagarto de la Magdalena |
Todos los niños
de la ilustre villa decían haberlo visto, pero no era cierto el cuento, ya que
aquel que la divisaba, pasaba a engrosar la lista de kilos de aquella fiera de
la Magdalena. La situación era insostenible. Decidieron las buenas gentes de la
ciudad no acercarse a la guarida de aquel Lagarto tan enorme y hambriento.
Más valía, a pesar de las
dificultades que ello conllevaba, buscar el agua en otros pilares de menor
abundancia, conservando así la vida alejadas de aquella voraz criatura. Pasado
un tiempo, se oían las tripas del lagarto rugir, ya que éste tenía un apetito
atroz. Nadie se acercaba a su guarida. Cuando el hambre apretó al lagarto,
comenzó a salir la fiera de la cueva y a recorrer las calles del honrado barrio
de la Magdalena, en busca de alimento humano para no fenecer y aliviar los
dolores de su escandaloso estómago.
Fueron muchos los días en que nadie
pudo salir de sus casas. El Lagarto estaba pendiente de comerse al primero que
se atreviese a salir a la calle, que él ya consideraba de su dominio. Los
labradores no labraban, las aguadoras no aguaban, los curanderos no curaban y
los pregoneros no pregonaban. Nadie podía salir para ejercer su oficio Aquello
no podía continuar así.
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| Iglesia de la Magdalena |
Solicitó el preso el pellejo de un
cordero recién muerto, para que bien huela a carne de animal aún vivo, pólvora
a convenir, un gran saco de panes calientes para hacer un rastro apetitoso a
tan sibarita bestia y un caballo veloz. Una vez le fue entregado todo lo
solicitado, se preparó el preso para ejecutar su peligroso proyecto. Un amanecer, mientras el lagarto dormía,
llegó al trote hasta su guarida. Siguiendo el plan previsto, tras despertar a
la bestia inmunda, dejó un rastro de pan caliente que el lagarto siguió hasta
la Plaza de San Ildefonso. Una vez llegó
allí, vio el lagarto la piel del cordero, que previamente había llenado del
material explosivo. Encendió el preso la mecha y enseguida, de un solo bocado,
tragó el lagarto el cordero, que en llegándole a su incansable estómago le
abrasó las entrañas y explotó, pegando el horrible animal un reventón como
jamás se hubiera escuchado en la ciudad.
Hay quien dice que al lagarto lo
mató un valiente caballero. Otros cuentan que fue un pastor al que la terrible
bestia se comía sus ovejas. Dícese también que reventó la bestia tras
atiborrarse de panes calientes. Nos hablan también de yesca y no de pólvora, e
incluso hay quien dice que murió la bestia a manos de un caballero vestido de
espejos.
Sea como fuere, lo cierto es que
cuando reventó tres días de fiesta se dieron en todas las plazas. Vino y alegría
repartieron las gentes por todas las calles, Las pastiras volvieron a coger
agua en el manantial, los labradores volvieron a labrar, los curanderos a curar
y los pregoneros a pregonar y, cada vez que alguien hizo mal, desde entonces y,
hasta hoy, dícesele fuertemente:”Así revientes como el Lagarto de la Malena”,
porque nunca hubo reventón tan grande y tan fuerte en el mundo entero ni en sus
confines.
Se trata del mito del Dragón,
localizado en Jaén con gran arraigo entres su población y que, según algunos
eruditos, dicho mito llegaría hasta la ciudad de manos de comerciantes
fenicios, sirios, o muy posiblemente, de judíos que llegaron a la península
todavía bajo dominación romana.
Esta leyenda está incluida entre los
10 Tesoros del Patrimonio Cultural Inmaterial de España y figura entre las
propuestas para su Declaración futura como Patrimonio Inmaterial de la
Humanidad por parte de la UNESCO, junto a manifestaciones culturales tales como
los Carnavales de Cádiz o las Fallas de Valencia, entre otras.
Cándido T. Lorite

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