miércoles, 7 de enero de 2015

LEYENDAS DE JAÉN. 6

El Santo Rostro de Jaén


            Cuentan los evangelios apócrifos, que caminando Jesús de Galilea hacia el Monte Calvario, se acercó hasta él una mujer para limpiarle el sudor y la sangre de su faz, quedando estampado en el sudario utilizado el rostro del Nazareno. El sudario estaba doblado, razón por la que quedaron estampados tres rostros. Uno de ellos, según la tradición, es el que está guardado bajo siete llaves en la Capilla mayor de la Santa Iglesia Catedral de Jaén.
            Cierta es la popular creencia de que son siete llaves, e incluso más, si se comienza a contar desde la puerta de la verja de la Catedral, la de entrada al templo, la que da acceso a la Capilla mayor, la que abre la caja fuerte que alberga la Santa Faz, hasta llegar a la urna que guarda la valiosa reliquia.
            Entrando de nuevo en el mágico mundo de la leyenda, encontramos una de origen muy remoto, que nos relata la razón por la cual el Santo Rostro de Cristo llega desde Roma hasta la ciudad de Jaén.
           

Una versión sitúa el momento de tan fantástica historia en la época en que fue obispo de Jaén, San Eufrasio, uno de los siete varones apostólicos y evangelizador de la provincia. En otra, sin embargo, se nos traslada al tiempo en que fue obispo de Jaén D. Nicolás de Viedma. Dicen que estando cenando el obispo de Jaén, escuchó un gran alboroto, unido a escandalosas risas y comentarios jocosos de unos insanos diablillos, que guardaba encerrados en un jarrón de boca estrecha y base ancha, de esos que llaman redoma.
            No pudiendo concentrarse en lo que estaba haciendo el obispo, ya que agitaban sus alas y reían con gran estrépito, se acercó sigiloso hasta el jaleoso jarrón si nque le vieran. Una vez encontró el sitio apropiado, escuchó con interés para averiguar la razón de semejante jolgorio.
           
Los pequeños demonios estaban relatando, entre risas ensordecedoras, los grandes pecados de su Santidad el Papa. En los abismos infernales, según noticias que habían recibido, estaban esperando el momento de su muerte para celebrar una gran fiesta. Relataban satisfechos los pecados del Pontífice, con ansiedad de que llegara el instante en que éste bajara hasta las infernales llamas, que parecía ser inminente.         Quedó asombrado y boquiabierto el obispo por lo que escuchó. Preocupado por el casi inmediato y horrible destino de Su Santidad, comenzó  a pensar de qué manera o modo podía avisar al Santo Pontífice antes de su fallecimiento, consiguiendo quizá su arrepentimiento y robando a los infernales lugares el dominio de un alma papal.
            Por más que pensó el resultado era estéril. Sólo viajando a Roma podría hablar con el Pontífice y conseguir de él un arrepentimiento. Pero ¿cómo llegaría hasta la Ciudad Eterna? Eran muchos los días necesarios para llegar al Vaticano y para ese momento el Papa ya habría fallecido.
            Una genial idea le vino a la mente. Si convencía a uno de los diablillos para que lo llevaran volando hasta la ciudad de Roma, podría llegar a tiempo de prevenir al Papa de su fatal destino, consiguiendo salvar su alma antes de que le sobreviniera la muerte. Con paso firme y decidido, se acercó al lugar donde los diablillos celebraban la infernal noticia. Callaron rápidamente al ver que el obispo entraba en la estancia y con los ojos muy abiertos, escucharon la necesidad que el prelado tenía de viajar a Roma, para tratar asuntos urgentes con Su Santidad.

            Los diablillos se miraron, asombrados de la petición del obispo. Rápidamente uno de ellos, se mostró dispuesto a llevarle volando sobre su lomo hasta el Vaticano, pero quería saber que recibiría a cambio de ese gran favor. El obispo mostró su disposición a  darle aquello que le pidiera. Poco tuvo que pensar el diablillo, que enseguida realizó su petición. Parece ser que el obispo disfrutaba todas las noches de unos suculentos y opíparos banquetes, razón por la que el diablillo pidió a cambio del viaje hasta Roma, las sobras de las cenas del prelado durante el resto de su vida.
            Aceptó el obispo la condición impuesta por el jocoso diablillo, al que le brillaban los ojos de satisfacción por el trato conseguido. Al momento, liberó de su estrecha prisión a la infernal criatura y montó el obispo sobre su lomo. Rápidamente llegó hasta el Palacio del Papa, donde enseguida le concedieron una entrevista personal con él. El Santo Pontífice, impresionado por la visita del Obispo de Jaén, escuchó con atención lo que éste fue a relatarle. Al momento se dio cuenta de que la suma de sus pecados se había convertido en una condena infernal. Mientras, el prelado giennense lanzaba bendiciones y agua bendita por aquella estancia intentando purificarla.
            Se escucharon ruidos y lamentos ensordecedores, unido a un intenso olor a azufre, hasta que el Papa, al arrepentirse de los males cometidos, consiguió salvar su alma. Tan agradecido quedó al obispo que le había salvado del infierno, que le entregó el Santo Rostro de Cristo en señal de gratitud.
            Solucionado el problema, volvió feliz el prelado a montar sobre el diablillo, con el Santo Rostro apretado entre sus brazos. Regresó de nuevo surcando los aires hacia la ciudad de Jaén, donde quedó guardado para siempre tan preciado sudario.
            El diablillo, satisfecho con el trato que había realizado con el obispo, esperaba con ruido en las tripas el grandioso festín de esa noche. Sin embargo, nos cuenta la leyenda que, a partir de ese momento el prelado decidió que sus cenas estuvieran compuestas de un único plato, para así evitar la gula y el pecado de dar de comer a un diablillo. Desde entonces y hasta su muerte, cada anochecer, saboreaba un cuenco de nueces exquisitas, dándole al diablillo ansioso y hambriento las sobras de su cena, que no fueron más que las cáscaras del apetitoso fruto.
Cándido T. Lorite


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