El
Santo Rostro de Jaén
Cuentan los evangelios apócrifos,
que caminando Jesús de Galilea hacia el Monte Calvario, se acercó hasta él una
mujer para limpiarle el sudor y la sangre de su faz, quedando estampado en el
sudario utilizado el rostro del Nazareno. El sudario estaba doblado, razón por
la que quedaron estampados tres rostros. Uno de ellos, según la tradición, es
el que está guardado bajo siete llaves en la Capilla mayor de la Santa Iglesia
Catedral de Jaén.
Cierta es la popular creencia de que
son siete llaves, e incluso más, si se comienza a contar desde la puerta de la
verja de la Catedral, la de entrada al templo, la que da acceso a la Capilla
mayor, la que abre la caja fuerte que alberga la Santa Faz, hasta llegar a la
urna que guarda la valiosa reliquia.
Entrando de nuevo en el mágico mundo
de la leyenda, encontramos una de origen muy remoto, que nos relata la razón
por la cual el Santo Rostro de Cristo llega desde Roma hasta la ciudad de Jaén.
No pudiendo concentrarse en lo que
estaba haciendo el obispo, ya que agitaban sus alas y reían con gran estrépito,
se acercó sigiloso hasta el jaleoso jarrón si nque le vieran. Una vez encontró
el sitio apropiado, escuchó con interés para averiguar la razón de semejante
jolgorio.
Por más que pensó el resultado era
estéril. Sólo viajando a Roma podría hablar con el Pontífice y conseguir de él
un arrepentimiento. Pero ¿cómo llegaría hasta la Ciudad Eterna? Eran muchos los
días necesarios para llegar al Vaticano y para ese momento el Papa ya habría
fallecido.
Una genial idea le vino a la mente.
Si convencía a uno de los diablillos para que lo llevaran volando hasta la
ciudad de Roma, podría llegar a tiempo de prevenir al Papa de su fatal destino,
consiguiendo salvar su alma antes de que le sobreviniera la muerte. Con paso
firme y decidido, se acercó al lugar donde los diablillos celebraban la
infernal noticia. Callaron rápidamente al ver que el obispo entraba en la
estancia y con los ojos muy abiertos, escucharon la necesidad que el prelado
tenía de viajar a Roma, para tratar asuntos urgentes con Su Santidad.
Los diablillos se miraron,
asombrados de la petición del obispo. Rápidamente uno de ellos, se mostró
dispuesto a llevarle volando sobre su lomo hasta el Vaticano, pero quería saber
que recibiría a cambio de ese gran favor. El obispo mostró su disposición
a darle aquello que le pidiera. Poco
tuvo que pensar el diablillo, que enseguida realizó su petición. Parece ser que
el obispo disfrutaba todas las noches de unos suculentos y opíparos banquetes,
razón por la que el diablillo pidió a cambio del viaje hasta Roma, las sobras de
las cenas del prelado durante el resto de su vida.
Aceptó el obispo la condición
impuesta por el jocoso diablillo, al que le brillaban los ojos de satisfacción
por el trato conseguido. Al momento, liberó de su estrecha prisión a la
infernal criatura y montó el obispo sobre su lomo. Rápidamente llegó hasta el
Palacio del Papa, donde enseguida le concedieron una entrevista personal con
él. El Santo Pontífice, impresionado por la visita del Obispo de Jaén, escuchó
con atención lo que éste fue a relatarle. Al momento se dio cuenta de que la
suma de sus pecados se había convertido en una condena infernal. Mientras, el
prelado giennense lanzaba bendiciones y agua bendita por aquella estancia
intentando purificarla.
Se escucharon ruidos y lamentos
ensordecedores, unido a un intenso olor a azufre, hasta que el Papa, al
arrepentirse de los males cometidos, consiguió salvar su alma. Tan agradecido
quedó al obispo que le había salvado del infierno, que le entregó el Santo
Rostro de Cristo en señal de gratitud.
Solucionado el problema, volvió
feliz el prelado a montar sobre el diablillo, con el Santo Rostro apretado
entre sus brazos. Regresó de nuevo surcando los aires hacia la ciudad de Jaén,
donde quedó guardado para siempre tan preciado sudario.
El diablillo, satisfecho con el
trato que había realizado con el obispo, esperaba con ruido en las tripas el
grandioso festín de esa noche. Sin embargo, nos cuenta la leyenda que, a partir
de ese momento el prelado decidió que sus cenas estuvieran compuestas de un
único plato, para así evitar la gula y el pecado de dar de comer a un
diablillo. Desde entonces y hasta su muerte, cada anochecer, saboreaba un
cuenco de nueces exquisitas, dándole al diablillo ansioso y hambriento las
sobras de su cena, que no fueron más que las cáscaras del apetitoso fruto.
Cándido T.
Lorite



No hay comentarios:
Publicar un comentario