jueves, 1 de enero de 2015

LEYENDAS DE JAÉN. 1

         El Cristo de la Tarima o de las Injurias
  En la calle Maestra, antiguamente la calle comercial más transitada de todo Jaén, se levantaba una humilde casa, habitada por personas de dudosa reputación, pues eran moriscos o judíos, ambas clases de conversos que gozaban de la animadversión popular.
            Tenían establecida una pequeña tienda de comestibles, de las que gráficamente suelen ser consideradas como “tiendecillas de pan y aceite”, y  a cuya entrada había una espaciosa tarima, que necesariamente pisaban todos los clientes al entrar o salir.
            Hay dos variantes en el relato de esta leyenda del pueblo acerca del extraño suceso: el primero, ingenuo y sencillo, fue  que a un vecino se le escapó una gallina y al huir se metió debajo de la tarima del pequeño establecimiento; ante la oportuna reclamación, el encargado de la tienda, muy turbado, se negó a a levantarla; lo que realizó, todo indignado, el dueño de la gallina, encontrándose, por la parte que daba contra el suelo, una pintura de Cristo en la Cruz.
            El segundo, más sentimental y emotivo, presenta este hallazgo como debido a los juegos de la infancia. Unos niños jugaban a la puerta de la tienda cuando conmovidos escucharon unos desgarradores sollozos que parecían venir del suelo; prestaron más atención y al convencerse de que procedían del interior de la tarima, dieron voces desesperadas para remediar aquel sufrimiento tan oculto; acudieron muchas personas y entre éstas el prior de San Lorenzo, y al levantarla, se encontraron con el Crucificado, sobre el que el público, sin saberlo, pisoteaba.
            Aunque tanto una como otra versión no añaden detalles sobre la pena impuesta a los moriscos o judíos que cometieron tales actos sacrílegos, llevados del odio, de sus ocultos sentimientos, es casi seguro que, como herejes declarados, fueran sometidos a la jurisdicción de la Santa Inquisición. Recortaron de la tabla lo que correspondía a la Cruz y comenzó a venerarse en la iglesia de San Lorenzo, con el título de “El Señor de la Tarima”, por el lugar en que primitivamente estuvo, siendo objeto de especial fervor. Al desaparecer este templo, fue llevado a la iglesia de la Merced, donde continuó recibiendo culto, aunque con el nombre de “El Señor de las Injurias”, en recuerdo de los escarnios que involuntariamente sufrió. Hoy se encuentra en el lugar dónde estuvo la casa dónde se encontró.
Cándido T. Lorite


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