El Cristo de la Tarima o de las Injurias
En la calle Maestra, antiguamente la
calle comercial más transitada de todo Jaén, se levantaba una humilde casa,
habitada por personas de dudosa reputación, pues eran moriscos o judíos, ambas
clases de conversos que gozaban de la animadversión popular.
Tenían establecida una pequeña
tienda de comestibles, de las que gráficamente suelen ser consideradas como
“tiendecillas de pan y aceite”, y a cuya
entrada había una espaciosa tarima, que necesariamente pisaban todos los
clientes al entrar o salir.
Hay dos variantes en
el relato de esta leyenda del pueblo acerca del extraño suceso: el primero,
ingenuo y sencillo, fue que a un vecino
se le escapó una gallina y al huir se metió debajo de la tarima del pequeño establecimiento;
ante la oportuna reclamación, el encargado de la tienda, muy turbado, se negó a
a levantarla; lo que realizó, todo indignado, el dueño de la gallina,
encontrándose, por la parte que daba contra el suelo, una pintura de Cristo en
la Cruz.
El segundo, más sentimental y
emotivo, presenta este hallazgo como debido a los juegos de la infancia. Unos
niños jugaban a la puerta de la tienda cuando conmovidos escucharon unos
desgarradores sollozos que parecían venir del suelo; prestaron más atención y al
convencerse de que procedían del interior de la tarima, dieron voces
desesperadas para remediar aquel sufrimiento tan oculto; acudieron muchas
personas y entre éstas el prior de San Lorenzo, y al levantarla, se encontraron
con el Crucificado, sobre el que el público, sin saberlo, pisoteaba.
Aunque tanto
una como otra versión no añaden detalles sobre la pena impuesta a los moriscos
o judíos que cometieron tales actos sacrílegos, llevados del odio, de sus
ocultos sentimientos, es casi seguro que, como herejes declarados, fueran
sometidos a la jurisdicción de la Santa Inquisición. Recortaron de la tabla lo
que correspondía a la Cruz y comenzó a venerarse en la iglesia de San Lorenzo,
con el título de “El Señor de la Tarima”, por el lugar en que primitivamente
estuvo, siendo objeto de especial fervor. Al desaparecer este templo, fue
llevado a la iglesia de la Merced, donde continuó recibiendo culto, aunque con
el nombre de “El Señor de las Injurias”, en recuerdo de los escarnios que
involuntariamente sufrió. Hoy se encuentra en el lugar dónde estuvo la casa
dónde se encontró.
Cándido T.
Lorite

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