La mona de la Catedral
Vamos a intentar conocer un poco
más en profundidad la simbología de la
famosísima mona o figura que existe en la parte trasera de nuestra Santa
Iglesia Catedral. Una pequeña escultura, conocida popularmente como mono o Mona
de la Catedral, ha arrinconado siempre el nombre oficial de la estrecha
callejuela donde estuvo ubicado el Bar el Sanatorio, que se llama Valparaíso,
para ser denominada popular y prácticamente por todos los giennenses como
Callejón de la Mona. Muchos ciudadanos de Jaén no saben que el Callejón de la
Mona se llama en realidad de Valparaíso.
Esa hermosa cenefa de la que hablamos,
está formada por brazadas de hojas de acanto ceñidas con cinturones, también
tiene esculpido un esplendoroso follaje de granado con sus respectivos frutos,
además de esferas, pirámides, clavos, conchas de vieira, flores de lis, racimos
de uva, bellotas y un largo etcétera de detalles, incluso animales.
También se han conservado, ajenas a los avatares del tiempo
y permaneciendo a la vista de propios y extraños, las misteriosas gárgolas con
su expresión atemorizadora, con cuerpos cubiertos de escamas, afiladas garras y
terribles fauces.
Les aconsejo que una mañana
cualquiera, de aquellas en que la lluvia no arrecia, a que con un prismático en
mano, se acerquen a descubrir que esta famosa Mona no es sino la figura de un
hombre sentado, concretamente de un moro.
Tiene este hombre musulmán unas facciones rudas, la nariz
partida, un gran mentón, grandes orejas y larga cabellera. Esta la figura
sentada a modo oriental, con las piernas abiertas y las plantas de los pies
tocándose. Lo descubriremos echado hacia delante y con los brazos cogiéndose
los tobillos. Cuenta además con un turbante en su cabeza, que anuncia desde
lejos su condición de musulmán.
Esta representación de un moro tan
horrible, posiblemente sea una burla a la religión musulmana, considerada desde
antaño como religión falsa. Puede representar la superioridad del cristianismo,
expresando una idea de triunfalismo de una religión sobre otra. Precisamente
donde hoy se encuentra la Catedral, y lógicamente esta figura, es donde antaño
se ubicó una de las Mezquitas del Jaén Musulmán, que sería demolida para la
construcción del nuevo templo, mona incluida.
Por las razones que sean, quizá
por ancestrales recelos a todo aquello que sonara a religión pagana, ya fuera
islam o judaismo, fue costumbre entre los niños y niñas de Jaén el tirar
piedras a la pobre mona catedralicia.
No pasaba por aquellos lares chiquillo o chiquilla que se
privara del gustazo de apedrear a tan grotesco macaco. Posiblemente y en parte
como consecuencia del sometimiento a esta constante burla de la chiquillería
jiennense, es por lo que hoy en día aparece tan deteriorado y con la nariz
partida, además del lógico transcurrir de los siglos.
Durante largo tiempo se sucedió
este episodio de la historia de Jaén, pedrada tras pedrada, hasta que un día
comenzó a difundirse una curiosa historia.
Se comentaba por todos los
rincones de Jaén, que aquel o aquella que se atrevieran a tirarle piedras a la
mona de la Catedral recibirían severos castigos.
Parece ser que esta acción traía como consecuencia
inmediata terribles maleficios, que desencadenaban una sucesión de desgracias
que acabarían primero con la felicidad de la familia de aquel que apedreó a la
mona, y después incluso con la salud de todos y cada uno de sus parientes más
cercanos, hasta llevárselos a la tumba.
Cundió tanto esta historia entre
las ingenuas gentes de Jaén, que al parecer no hace tanto, incluso nuestros
bisabuelos y tatarabuelos, agachaban la cabeza al pasar frente a la mona, pues
ni mirarla querían, temerosos de que alguna desgracia cayera sobre sus
inocentes cabezas. Quizá ellos mismos habían sido los niños que se hincharon a
pedradas con la mona.
Ahí sigue el moro sentado, mirando
al frente, con su turbante desafiante, ajeno al pasar de los años, viendo como
circulan frente a él una generación tras otra de giennenses que lejos de
considerarlo humano le consideran macaco. Es indudablemente el personaje más
simpático en las fachadas de la catedral.
Cándido T.
Lorite

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