sábado, 3 de enero de 2015

LEYENDAS DE JAÉN.3

La mona de la Catedral
            Vamos a intentar conocer un poco más  en profundidad la simbología de la famosísima mona o figura que existe en la parte trasera de nuestra Santa Iglesia Catedral. Una pequeña escultura, conocida popularmente como mono o Mona de la Catedral, ha arrinconado siempre el nombre oficial de la estrecha callejuela donde estuvo ubicado el Bar el Sanatorio, que se llama Valparaíso, para ser denominada popular y prácticamente por todos los giennenses como Callejón de la Mona. Muchos ciudadanos de Jaén no saben que el Callejón de la Mona se llama en realidad de Valparaíso.
            La espalda de la Catedral de Jaén es una sobria fachada que cuenta con una hermosa cenefa gótica. Son los restos que nos quedan de la anterior, la que fuera catedral gótica de Jaén, que se demolió en su mayor parte para construcción de la actual. El popular Obispo Insepulto, D. Alonso Suárez de la Fuente del Sauce fue uno de los personajes y precursores de aquella antigua iglesia gótica.
     Esa hermosa cenefa de la que hablamos, está formada por brazadas de hojas de acanto ceñidas con cinturones, también tiene esculpido un esplendoroso follaje de granado con sus respectivos frutos, además de esferas, pirámides, clavos, conchas de vieira, flores de lis, racimos de uva, bellotas y un largo etcétera de detalles, incluso animales.
 También se han conservado, ajenas a los avatares del tiempo y permaneciendo a la vista de propios y extraños, las misteriosas gárgolas con su expresión atemorizadora, con cuerpos cubiertos de escamas, afiladas garras y terribles fauces.

    Pero es dónde la cenefa gótica llega a su fin, justo donde comienzan los bajos del sagrario, donde encontramos a la más enigmática y popular figura de cuantas rodean los cuatro costados del enorme templo, hablamos lógicamente de la Mona de la Catedral.
     Les aconsejo que una mañana cualquiera, de aquellas en que la lluvia no arrecia, a que con un prismático en mano, se acerquen a descubrir que esta famosa Mona no es sino la figura de un hombre sentado, concretamente de un moro. 
 Tiene este hombre musulmán unas facciones rudas, la nariz partida, un gran mentón, grandes orejas y larga cabellera. Esta la figura sentada a modo oriental, con las piernas abiertas y las plantas de los pies tocándose. Lo descubriremos echado hacia delante y con los brazos cogiéndose los tobillos. Cuenta además con un turbante en su cabeza, que anuncia desde lejos su condición de musulmán.
     Esta representación de un moro tan horrible, posiblemente sea una burla a la religión musulmana, considerada desde antaño como religión falsa. Puede representar la superioridad del cristianismo, expresando una idea de triunfalismo de una religión sobre otra. Precisamente donde hoy se encuentra la Catedral, y lógicamente esta figura, es donde antaño se ubicó una de las Mezquitas del Jaén Musulmán, que sería demolida para la construcción del nuevo templo, mona incluida.
     Por las razones que sean, quizá por ancestrales recelos a todo aquello que sonara a religión pagana, ya fuera islam o judaismo, fue costumbre entre los niños y niñas de Jaén el tirar piedras a la pobre mona catedralicia.
 No pasaba por aquellos lares chiquillo o chiquilla que se privara del gustazo de apedrear a tan grotesco macaco. Posiblemente y en parte como consecuencia del sometimiento a esta constante burla de la chiquillería jiennense, es por lo que hoy en día aparece tan deteriorado y con la nariz partida, además del lógico transcurrir de los siglos.
     Durante largo tiempo se sucedió este episodio de la historia de Jaén, pedrada tras pedrada, hasta que un día comenzó a difundirse una curiosa historia.
     Se comentaba por todos los rincones de Jaén, que aquel o aquella que se atrevieran a tirarle piedras a la mona de la Catedral recibirían severos castigos. 
  Parece ser que esta acción traía como consecuencia inmediata terribles maleficios, que desencadenaban una sucesión de desgracias que acabarían primero con la felicidad de la familia de aquel que apedreó a la mona, y después incluso con la salud de todos y cada uno de sus parientes más cercanos, hasta llevárselos a la tumba.
     Cundió tanto esta historia entre las ingenuas gentes de Jaén, que al parecer no hace tanto, incluso nuestros bisabuelos y tatarabuelos, agachaban la cabeza al pasar frente a la mona, pues ni mirarla querían, temerosos de que alguna desgracia cayera sobre sus inocentes cabezas. Quizá ellos mismos habían sido los niños que se hincharon a pedradas con la mona.
     Ahí sigue el moro sentado, mirando al frente, con su turbante desafiante, ajeno al pasar de los años, viendo como circulan frente a él una generación tras otra de giennenses que lejos de considerarlo humano le consideran macaco. Es indudablemente el personaje más simpático en las fachadas de la catedral.

            Cándido T. Lorite


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