domingo, 4 de enero de 2015

LEYENDAS DE JAÉN. 4

El Palacio de los Vélez
            Existe en la ciudad de Jaén un interesante edificio del siglo XVII, que cuenta con una hermosa fachada, decorada con escudos nobiliarios y con un recoleto jardín, que es conocido como el Palacio de los Vélez, en la actualidad sede del colegio Oficial de Arquitectos de Jaén. Se encuentra este palacio junto a la calle Valparaíso, conocido popularmente como el Callejón de la Mona.
            Nos cuenta una leyenda, que habitaba en este palacio una muy ilustre y adinerada familia de Jaén. Se dice que esta familia vivía entre grandes lujos, con una profusa decoración en todo el palacio, repleto de maderas preciosas, mármoles de excelente calidad, hermosas porcelanas y un largo etcétera de detalles que demostraban el elevado poder económico de linaje que en él residía.
          

  Tenía esta familia una hermosa hija, de bellísimos ojos claros, pelo rubio platino, blanca piel y contorno perfecto. Reunía las mejores virtudes que pudiera ostentar una doncella casadera de la aristocracia del momento, pues era bondadosa, prudente, comedida y cándida, además de caritativa en extremo con los más necesitados. Esta hermosa dama, acostumbraba a tratar a todo el mundo como a iguales, sin darle importancia a su clase social, portaba en su cotidiano vivir la sencillez propia de una santa.
            Hablaba con modestia, a pesar de su elevada posición, con doncellas, labriegos o pedigüeños, a los que nunca negaba una limosna y a los que gustaba ayudar en lo que podía, sin negarse jamás a escuchar sus numerosos problemas. Esta actitud hizo que conociera de primera mano las grandes necesidades de las clases más humildes del Jaén de aquellos tiempos.
            El padre de tan hermosa joven presumía de ella en los foros políticos o económicos en los que solía participar. Ostentaba de su hija aún m´s que de las inmensas riquezas que en tan gran número tenía. La madre hacía gala de las virtudes de la hija ante todas las damas aristocráticas de la ciudad, mostrándola, cuando paseaban juntas, como el valioso de los tesoros que había en su casa.
            Todos los más ricos y apuestos galanes de la ciudad, la observaban intensamente cuando paseaba con su madre por la Plaza de Santa María, quizá para asistir a misa en la Catedral, o simplemente dando un paseo por cualquiera de las calles o plazuelas cercanas a su palacio. Muchos fueron los pretendientes de la aristocracia giennense que aspiraron a obtener su mano. Incluso se cuenta, que numerosos fueron los nobles de otras ciudades que pretendieron casamiento con tan hermosa joven.
            Un día, la hermosa dama, con su habitual sencillez, entro en una extensa conversación con un plebeyo, posiblemente un subordinado de la casa. Quizá fue un jardinero o un labriego, lo cierto es que era un hombre joven de clase humilde. La inocente muchacha entabló sin darse cuenta una gran amistad con él, encontrando en el humilde joven una serie de de grandes virtudes, que no había conocido antes en la mayoría de los nobles aristocráticos con que habitualmente se relacionaba.
            La chispa del amor hizo mella en el corazón de ambos jóvenes. La hermosa aristócrata y el humilde plebeyo, como en otras muchas y antiguas historias de amor, quedaron prendados de tal modo el uno del otro, que no pudieron evitar el comienzo de un hermoso romance. Unidos por el más secreto de los amores, disfrutaron durante un tiempo el uno del otro, hasta que llegó el momento fatídico para ambos.
            Un día el orgulloso padre de la joven dama, descubrió esta relación amorosa, que para él era verdaderamente una humillación y una vergüenza, razón por la que de inmediato pensó en aplicar una drástica solución. La más grande desgracia se abatió sobre la pareja enamorada. El padre decidió encerrar a su hija en la alcoba más alta de una torre que en aquel entonces tenía en palacio de los Vélez, pero no pensó en un encierro temporal o llevadero, sino en emparedarla, levantando un muro en la puerta de la alcoba y dejándola absolutamente incomunicada con el exterior. Se dice que tapió, incluso, la ventana, dejando un orificio pequeño por el que apenas entraba el aire a la habitación.
            No se arrepintió la joven de su amor por el plebeyo, quedando pues marcado su destino.  Fue emparedada por su enfurecido padre, en la alcoba de la mencionada torre. Desde entonces, dicen que olvidaron a su hija, como si hubiera muerto, dejándola encerrada e incomunicada, para que nadie supiera de la grave afrenta que, según sus padres, había hecho la joven dama a su noble casa.
            Nos cuenta esta leyenda que el joven enamorado, transido de dolor, acudía todas los días al pie de la torre donde estaba encerrada la joven, y que ella, a través del pequeño orificio que tenía en la pared de su prisión, lanzaba a la calle mensajes de amor al plebeyo, escrito en las hojas de un libro de oraciones, único bien que sus padres le dejaron en tan penoso confinamiento. Para escribir en sus páginas, con una astilla de madera se pinchaba un dedo, utilizando la sangre propia, a falta de tinta.
            Nadie supo más de esta historia, pues el joven plebeyo murió de amor. Cuentan que posiblemente murió encerrada y olvidada de todos, en aquella oscura y triste torre. Sólo le quedó la ilusión de escribir mensajes al plebeyo que había ocupado su corazón de forma tan intensa. Siguió escribiendo hasta que acabó con las hojas del libro.
                        Aún hoy, hay quien dice, que el fantasma de una hermosa joven rubia y de ojos claros, pasea su tristeza por las salas del palacio de los Vélez, quizá deseando encontrar al plebeyo enamorado, al que nunca quiso olvidar a pesar de los siglos transcurridos.
            Cándido T. Lorite

            

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